Ungido presidente, López Obrador se asume sin derecho a fallar

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Cae la tarde en el Zócalo de la capital mexicana y Andrés Manuel López Obrador sale de Palacio Nacional y juguetea palmeando manos mexicanas anónimas que se desprenden del muro de sus seguidores que pretenden colmar la peana y lo quieren saludar.

Doce años después Andrés Manuel ha cumplido el sueño, logró su objetivo acariciado: el poder; el máximo cargo de elección popular: la presidencia de México. Y transita en el arranque de un nuevo estilo, su estilo, de gobernar, como calificó Daniel Cosío Villegas al de Luis Echeverría.

Y este gobierno en su génesis, el de López Obrador tiene ese matiz, recuerdos del arriba y adelante, del retorno de El Día del Presidente, así con mayúsculas. Y en el Palacio Legislativo de San Lázaro, sede esta mañana de sábado primero de diciembre (ayer) del Congreso de la Unión, está esa evidencia de lo que quiere superarse pero se retoma aunque el sacramento de la transmisión de poderes tiene como personajes centrales a aquellos que hace 12 años militaban en la oposición contestataria.

Sábado primero de diciembre y Andrés Manuel está henchido de felicidad que se le desparrama y evidencia en ese especial brillo en la mirada de quienes superan enfermedades, incluso del alma, merced al elíxir del poder.

En la mañana cuando llegó a la Cámara de Diputados en el discreto Jetta blanco lo vitorearon huestes de Gerardo Fernández Noroña, el diputado redimido que se asume morenista e insolente cuestionó al saliente mandatario Enrique Peña Nieto, quien se abstuvo de responder, porque no ha sido su estilo.

¡Ah!, Noroña y su oficioso servicio a López Obrador. Se incorporó al grupo de diputados que recibiría a Peña Nieto. Fue plan con maña, contrastante con la protesta que hicieron los diputados del PAN cuando colgaron una manta en la que rechazaban la presencia de Nicolás Maduro en el recinto legislativo, aunque Maduro no llegó a esa ceremonia pero sí a la comida en Palacio Nacional y hasta se sacó la foto con el presidente y su esposa Beatriz Gutiérrez Müller.

Y por la tarde, concluida la recepción, la comida que ofreció a los invitados especiales, Andrés Manuel va a la vera de la valla que contiene al gentío en la enorme peana que se significa corazón de México; Andrés Manuel, ya presidente custodiado por una joven robusta que evidencia su tarea de guardia personal, el recién ungido presidente de la República saluda y saluda, palmea manos, besa unas, incluso, en su camino hacia la purificación de ancestral práctica que lo llena de olor a copal y ramas recién cortadas.

Sí, sí, es el gran Tlatoani con la banda presidencial cruzada al pecho y dueño de un discurso que, dicho desde la máxima tribuna política del país tiene sentido, olor a cobro de facturas sin que sea tal, pero ahí viene la espada de Damocles.

Andrés Manuel es el gran Tlatoani que horas antes, frente a invitados nacionales y extranjeros, diputados, senadores e integrantes de su diverso gabinete, a periodistas cuya carrera camina a tientas entre las sombras de versiones del que se ofrece con el new deal.
Andrés con la banda presidencial cruzada al pecho, la que entregó Enrique Peña Nieto ya de salida del tarro que contiene las mieles del poder.

Y, en ese largo mensaje cual acopio conceptual de las ofertas de campaña, cuando se avista el corolario discursivo, el presidente constitucional, porque ya rindió protesta ante el Congreso de la Unión reunido en sesión solemne, cuenta un encuentro que corre rumbo a ser anécdota y una referencia que la debe considerar dentro de su confesión de que es hombre de palabra.

“Ahora que venía para acá –cuenta Andrés Manuel– se emparejó un joven en bicicleta y me dijo: tú no tienes derecho a fallarnos, y ese es el compromiso que tengo con el pueblo, no tengo derecho a fallar.

“Nada material me interesa ni me importa la parafernalia del poder, siempre he pensado que el poder debe ejercerse con sabiduría y humildad y que solo adquiere sentido y se convierte en virtud cuando se pone al servicio de los demás.”

López Obrador, como reencarnación de Benito Juárez o Francisco I Madero, o los curas Hidalgo y Morelos, quiere aproximarse al status de gran expresidente de Lázaro Cárdenas del Río.

López Obrador en esa ceremonia de la transmisión de poderes en un escenario inédito con los personajes de la protesta callejera de antier que hoy son los amos, porque así se sienten del país en esa etapa que tiene signo pero no sino, que se regodea llamándose parte de la cuarta transformación cuando no han llegado siguiere a conocer su escritorio.

Palacio Legislativo de San Lázaro en día de fiesta con invitados especiales, lo mismo con Ivanka Trump en representación de su padre el magnate Donald Trump, en contraste con Evo Morales, presidente ecuatoriano, o el venezolano Nicolás Maduro que no llegó a la Cámara de Diputados pero se apersonó en el Palacio Nacional para degustar esa comida con sabor muy mexicano que privilegió a las calabazas.

Día de fiesta de Morena, de los diputados federales que parece siguen en campaña e incurren en el exceso de loar al gran Tlatoani. “¡Es un honor estar con Obrador!, se desgañitan y alzan pañuelos blancos en respuesta a la oposición que exige al presidente López Obrador cumplir con la oferta de acabar con los gasolinazos.

Y el propio López Obrador que en el corolario de su mensaje responde al reproche del priismo dio por René Juárez Cisneros y restriega el “me canso ganso”.

Largo mensaje con las reiteradas ofertas de campaña, la insistencia de que ha llegado el momento de la transformación pacífica, ordenada, profunda y radical, en donde de acabará la corrupción e impunidad que impiden el renacimiento de México.

Sí, sí, la palabra corrupción, el tema de la corrupción, el combate a la corrupción, el aludir a la corrupción prácticamente como la piedra angular de todos los males del país.
López Obrador rinde protesta como presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos y recibe la banda tricolor, que se cruza al pecho, entregada por el presidente del Congreso Porfirio Muñoz Ledo a quien se la entregó el presidente saliente Enrique Peña Nieto.

Mensaje reiterado, insistente, machacante en eso del fin de la política económica neoliberal y el inicio de la cuarta transformación, porque, adujo, no solo inicia un nuevo gobierno, sino un cambio de régimen político.

Y las analogías con el porfirismo, con esa repetitiva mirada al pasado decimonónico aunque ubicado en los sexenios que devinieron en “la política economía neoliberal (que) ha sido una calamidad para la vida del país”.

López Obrador, confeso antireleccionista, aunque hoy es en el papel, asunto mediático quizá como parte de ese mensaje para calmar a los mercados y no espantar a los inversionistas, aunque haya dicho días antes que no gobernará con los mercados ni será rehén de nadie, en alusión a los gobernadores panistas que se han rebelado contra los llamados superdelegados.

Andrés Manuel, que evita descalificar a Peña Nieto y le reconoce no haber interferido en la elección presidencial, pero hace cera y pabilo de Vicente Fox y Felipe Calderón.

Y qué hay de la justicia que le exigen. Bueno, en su mensaje, López Obrador recuerda que su fuerte no es la venganza, “si bien no olvido soy partidario del perdón y la indulgencia”. Y en el terreno de la justicia pueden castigarse los errores del pasado, pero lo fundamental es evitar los delitos del porvenir.

Por eso, propone al pueblo poner un punto final a la que llama horrible historia para mejor empezar de nuevo en otras palabras que no haya persecución a los funcionarios que el pasado y que las autoridades encargadas desahoguen en absoluta libertad… O sea.
Mensaje que consumió una hora y 22 minutos y que en los corrillos se comenta ojalá no sea el sello sexenal y termine como esos monólogos larguísimos de Hugo Chávez –“Aló, Presidente”– o los de Fidel Castro. Muñoz Ledo estuvo a punto de dormir a medio discurso, pero…

El ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación Luis María Aguilar y el expresidente Peña Nieto y Martí Batres, que preside al Senado, aplaudieron al cerrojazo discursivo de López Obrador, cuando dijo que dedicará todo su tiempo, dedicación y esfuerzo a este mandato. Mientras Peña Nieto había dicho al salir de su casa en las Lomas de Chapultepec que se dedicará a la vida privada.

¿Y López Obrador? La oferta:

“A recoger todos los sentimientos y a cumplir con las demandas de la gente, actuaré sin odios, no le haré mal a nadie, respetaré las libertades, apostaré siempre a la reconciliación y buscaré que entre todos y por el camino de la concordia logremos la cuarta transformación de la vida pública de México.”

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