Tras disputarse los cuartos de final del Mundial de Rusia, los últimos dos representantes del continente americano vieron perecer su sueño de consagrarse campeones del más importante de los torneos futbolísticos. Uruguay y Brasil, dos potencias del balompié latino, fueron conquistados por sus similares europeos. Francia fue más rápido; Bélgica, más fuerte. Giménez dejó escapar las lágrimas antes del silbatazo final; Neymar no tuvo tiempo para retorcerse en el suelo. Silbatazo final para nuestro pedazo del Pangea.

El sueño de ver a un combinado sudamericano convertirse en monarca absoluto de la pelota se desvanece y todo queda en manos de los europeos. Hasta esta instancia, el futbol gourmet ha reclamado su lugar en la historia para escribir su legado en los anales de la historia del deporte a costa del “joga bonito” y la garra charrúa. Lo más impresionante es que la mayoría de los latinos lo sufrimos por igual.
El fenómeno del amor-odio entre países latinoamericanos se manifiesta de manera particular durante la fiesta del balón. Si bien existen rivalidades históricas entre Brasil y

Argentina o Estados Unidos y México, el sentido de pertenencia a las raíces continentales nos llama a apoyar a los vecinos de entre océanos.
De no ser así, no nos habríamos emocionado con las hazañas de Panamá y Perú al conseguir históricos boletos a Rusia; los mexicanos no habríamos sido reconocidos internacionalmente tras vencer al vigente campeón del mundo; no se habría aplaudido el ímpetu uruguayo y la versatilidad colombiana. Nos vimos caer los unos a los otros, empacando maletas y pasando la estafeta al de al lado diciendo “te toca”. Al final, nos vamos todos.

El deporte nos enseña muchas cosas. Ya se ha hablado en este espacio del valor simbólico que el juego de 11 contra 11 provoca en quienes lo disfrutan. Algunos se conmueven ante la idea de que lo imposible está a un gol de distancia. Otros celebran la ilusión de breve unidad con los semejantes. Lo que el balompié hace por Latinoamérica, aunque algunos no lo quieran reconocer, es rescatar los rasgos en común de varias naciones y unirlas, por unos cuantos minutos reglamentarios, bajo la consigna fraternal y sincera: “¡Vamos latinos!”

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