El otoño canta tu luz, tu mirada que bebe el brillo del mundo, tu noche derramada que se demora para recordar nuestra infancia, las lejanas tardes de viento, de rostros olvidados, de alas y hierba dormida, de las palomas y los diminutos pájaros que viven en tus manos. Te gustaba ser la montaña donde crecía el sauce de pelo suelto, el amarillo del fuego, el estanque que ríe al pie del horizonte. Siempre me abrazabas para llevarme a las nubes, a la orilla del Sol, a la hierba fresca ávida de tus manos.

Has sido río cálido que abraza el verano que vuelve por la noche cargado de luz y otros ríos donde juega la Luna dotada de todas las almas. Eres camino donde nace la paz, el rostro del mar, el instante de piedra que rumora los latidos del agua, las murallas que se desmoronan para que camines por el lago que llega siempre para despegar tus párpados cerrados. Manantial sin nombre cantas nuestros nombres para que tu risa vibre entre mis manos. Árbol cubierto de espuma, de mundos que cambian, de soles y pájaros que comen entre tus brazos el mundo entre azul y verde del tiempo dichoso.

Cuántas batallas juntos, caminos invisibles, espejos que repiten nuestra imagen, horas que son espigas, mares y montes. Tu mirada amplia, es una bahía solar, centella que talla la espesura de los días futuros, de las ramas que se desvanecen. Nacimos tomados de la mano como fragmentos que se buscan a tientas, que arden en el fondo del hierro, de la isla dorada, de la tierra mojada. Hombre inmortal hecho de mirra e incienso, del espacio giratorio, de luz que se transforma sin cesar. Tu historia espiritual es ser el valle, la montaña, el país lejano; desierto y selva de nuestra historia que se hojea con avidez.

Descubres para nosotros islas y continentes, la higuera que se mece como vela de barco; nos has enseñado a nosotros, tus hermanos, a ser eternidad sin fecha, nos entregaste las llaves de nuestra propia historia, el futuro, nuestro ahora, el mañana, nuestras incesantes metamorfosis. Pájaro que estás en todas partes, en nuestra libertad, en nuestra concordia, en el cielo inmenso. Sembrador de mundos, imperturbable contemplas la ermita que vive bajo el mar, la hierba oscura, el grillo que danza y renace en tu reflejo.

Mar sediento estás lleno de lluvia, de nosotros, de arboledas que por la tarde se vuelven invisibles, de yerbas y follajes borrados por el viento, por las brasas que calcinan la agonizante melodía del viento. Océano que vuelves todas las noches como relámpago, como cristal transparente, como ola viva que se derrama en las raíces del pozo, de la isla prometida. Vuelves tu rostro y tropieza conmigo, que soy tu recuerdo, tu ribera, tu sangre y fuego, el sueño de todo lo vivido. Somos un domingo de calles que resuenan, de la Navidad que se anuncia, de los cambios de estación.

Empezamos tomados de la mano para repetirnos, volver atrás, insistir, perdernos en las estrellas cercanas, en el otoño que ronda semioculto el ancho mundo. Tu voz inacabable, generosa, llena de hortensias y árboles, inunda los colores agitados de tus ojos que son el centro del cielo. Vuelve siempre, día y noche, conjura al viento, llama a los eucaliptos, a los frondosos castaños. Vuelve cada tarde, cada noche para que sigas siendo la ventana de mi infancia, el amor y la esperanza de aquella tarde que huele a miel, a sueño errante. Vuelve siempre con tus brazos que me llaman, que me abrazan. Vuelve siempre, mañana tras mañana con tus buganvilias y tus laureles inmensos. Despiértame siempre para que como dos árboles abrazados en la mitad de la noche seamos estrellas que cubren el mar.

Para ti siempre, amado hermano

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