Dormías mientras te miraba, nos había hechizado tu quieta mirada. Tu encendida figura era aún muy pequeña; apenas amanecía en ese enorme cielo poblado de luz que bebe tu boca de colibríes, de soles que te miran. Tus primeros pasos de niño de arena, de mar centellante, fueron para perseguir la Luna y una pelota que era tu escritura, tu canto, tu mismo rostro que gira como pájaro sobre el agua. Corrías en aquella isla echa de remolinos, brasas y del sudor de la tierra quemante, ahí como tizón abrazabas el viento estrellado, desojabas las estrellas, soñabas un río medio lleno de hojas, de ágiles aves que se lleva el mar.

Tus ojos eran dos gaviotas dotadas de alma, eco de todas las tardes de mi vida. Tus risas siempre vestías de azucenas, de jardines vivos que por la noche son el carrusel de tu infancia. Niño del tambor anuncias el otoño, el rocío de las estrellas que se acercan, la noche errante que se cierra como flor. Escuchar tu canto es entrar en la alameda inmóvil de tus ojos incendiados, tu voz es una roca alegre, la marea del Sol, tu recuerdo que despierta en el viento, los eucaliptos llenos de pájaros que se derraman por el mundo.

En tu primavera respirabas profundo, eras lago intenso, tenaz, río pensativo, soñabas con la luz del infinito, con la piedra llameante, caracol marino que también jugaba a ser el portero que contuviera los balones, las caras de la aurora; tomados de la mano susurrabas al viento tus sueños que rodean la noche. En el mediodía eres la dulce fuente que ríe el follaje inmenso cubierto por el mismo mar de todos los octubres. Hoy eres el tiempo que vive en la inmensidad, en el futuro que se enciende en los latidos de la luz, en el día incandescente que nos cubre y nos encadena a sus horas inmensas. Tu sangre reposa en mi corazón, tus ojos, que son la respiración del más, son mi otra cara, mis heridas, el fuego que me encadena, tu pecho es un muro que inventa mi cuerpo.

Tallo invisible que duermes en mi sangre, has sido el Sol que me levanta, el clavo ardiente que reposa en la fuente. Te amo como la palabra llameante, como al Sol y sus veranos, como a la vida sumergida que bebiendo luz se pierde en la noche. Mirlo que aguarda mi llegada todas las noches cubres de estrellas mis parpados. Amo tu voz que es mi casa de letras, tu universo que llamea, tu jardín de sándalo y constelaciones.

Amado hijo, estás hecho de los latidos del tiempo, de las voces del agua, de arroyos encantados. Bosque inmortal cavas en el alba, en la historia que te reconoce por tu voz más fuerte que los gritos de las olas, por tu rostro que es el rumor de todas las madrugadas, de la esperanza que estalla en el corazón encendido del mundo errante. Eres lluvia, tormenta, profundidad que galopa en la hoguera viva para ser fuego que reposa, destino que anuncia la montaña, la noche azul, los carrizos que despiertan. Vives en mi corazón espiga de maíz y lecho de mar, árbol que regresa todas las tardes para ser el patio donde ríen el río y el otoño, donde corren los astros y luchan sus amores las aves que respiran en tu pecho.

Todos los días abrazo tu sonrisa que enciende el fondo del mar. Tus manos, jardines llameantes de fuego y aire, toman mi mundo, mis pasos desvanecidos por el Sol, mi alegría que gira, baila, que aguarda tu llegada pájaro del alba, hombre habitado por el tiempo, por el amor que nos sostiene…

Para ti siempre, amado hijo.

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