Estaba soñando un sueño de esperanza cuando sentí que tal vez no fuera sueño sino realidad, es decir, que estaba despierto en ese mundo ideal que yo había ayudado a construir mediante una voluntad a prueba de desviaciones.

Nomás era un sueño, desde luego, pero que bonito sería que no lo fuera y se inscribiera dentro de lo real, de la vida que vivía todos los días pensando que podía ser diferente y mucho mejor. En todo aquello había una carencia de significado de la que era consciente. Tal vez, la deficiencia que observaba se debía más a un defecto del método elegido para el análisis que al propio contenido filosófico de la cosa en sí.

No quería, sin embargo, divagar demasiado sobre esa utopía del sueño, creyendo como creía que se mostraba demasiado ideal para formar parte de cualquier realidad por dispersa y apremiante que fuera.

Me limitaba a soñar, a vivir soñando de aquella forma incierta y poco concreta.

Desconcertado, pasaba las horas en duermevelas oníricas que presentaba como argumentos racionales.

Todo eso era demasiado abstracto para poder tener una idea cierta de lo que sucedía conmigo o para establecer una confirmación propia de mí mismo, aunque fuera a través de situaciones azarosas.

Quizá estuviera ahí la clave de la utopía soñada, el azar al que hacía frente desde el condicionamiento. Quizá, y digo solo quizá, fuera eso un destino encantado por el absurdo devenir.

Pero la absurdidad del devenir era algo tan diferente a la utopía soñada, que me abrumaba el lugar al que me había llevado el hilo argumental. Me sentía cual Ariadna que quiere salvar a Teseo del laberinto del minotauro, sin saber que tan noble acción conduce inexorablemente a la caída de Ícaro.

Utopía

Siempre se aprende algo de la mitología griega, aunque eso nos lleve al otro lado del tema que queremos desarrollar. Después de esa digresión sufrí una punzada. La noche sin Luna caía en forma de llovizna suave que mojaba mi cara.

Me dije que era suficiente de argumentos que daban vueltas sobre sí mismos. Qué se hacía preciso desatar el nudo gordiano o cortarlo de un tajo como hizo Alejandro Magno. Fuera de una forma o fuera de otra ya me encontraba demasiado cansado para seguir pensando en ello.

Me ganó el sueño y volví a soñar el mismo sueño, una utopía lo bastante placentera para quedarme en ella: el Sol brillaba en el cielo, el prado estaba repleto de olores placenteros, la maravillosa música de Bach sonaba en el aire.

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