No es cierto eso que dicen los libros, no del todo, porque les hace falta ingenio para expresar una vida como la que habitamos ahora o pensar en momentos que he escrito antes. Desde los altos mandos y las corporaciones humanitarias se piensa en cifras y objetivos –que no se desestiman, pero sí que se puede mirar allí que los ideales son una realidad cuando en lugares como el México del sur la gente se une, no se deja crecer la tiricia y se moviliza. Motivados por valores, sí universales (Cortina, 2001), pero jamás escritos como los de escritorio, la raza se dispone a construir un nuevo amanecer de entre el escombro. Se ve también la falta de credibilidad y acción de un gobierno que, desprestigiado, atiende poco la diferencia (Young, citada en Kymlick, Norman, 1997) y toma decisiones austeras en escenarios que dictan abundancia. Pero allí está la ciudadanía, surge de la carencia de respuesta de los que fueron elegidos en democracia y a lo lejos, los que sienten el temblor en la entraña, amantes de nuestra tierra y hermanos todos ven cómo pero lo hacen, trasciende entonces el tono de piel, el del coro, la costumbre, el Sol, para echarse la mano unos a otros.

Quizá, vaya a ser, que Delors (UNESCO, La educación encierra un tesoro, 1996) pensó en la multitud, pensó en el desastre, por ello que consideró cierto que uno debe ser competente en muchos ámbitos, no sabemos cuándo se necesiten. Sea por un matiz de culpa o de vergüenza ante la necesidad de hermandad (Reidl, citada en García y Barba, 2016), termina siendo uno más alumno que maestro y la pedagogía de la mirada (Bárcena, Fernando y Jover, 2005) se le nutre un poco para compartirla después en un aula que no yace reducida al escombro, se percata el razonamiento de que la ciudadanía no se escribe, se vive, describe y también se le proyecta para situaciones diversas.

El perfil docente es muy valioso y necesario para estos casos. Aunque se le moldea en el papel de una manera, la comunidad docente es sensible a las necesidades que su contexto le exige atender, por ello no podemos, no debemos educar para una sola ciudadanía, tan sencillo como que el mundo es muchos mundos. Un mundo inter y multicultural no espera, ya está allí, para tantas y tantos nuevos mexicanos (Cabrera, citada en Ayala, 2002) y hace falta fuerza en lugares como Oaxaca, Puebla, Morelos, Ciudad de México, Medio Oriente, Haití, España. En donde quiera cabe un buen ciudadano, pero si es como el muerto o el arrimado, a los tres días o menos apesta. La reflexión permite visualizar que ser crítico es el camino para transformar realidades, mismas que de no mutar se condenan al margen, al exilio, no del afuera, sino de sí mismas.

Cabe aquí decir que no estamos tan individualizados como dice Bauman (2015) o sujetados como antes Foucault (1990) decía, no, parece ser que ello es un fenómeno que abraza a los asentamientos urbanos que entre cotidianidades cosmopolitas se olvida del color de un cerro y piensa que siempre ha sido gris, obra negra o que al venado y al zopilote se les encuentra solo en museos. En la ruralidad se lleva hasta un trago de pulque, mezcal, refino, pox/posh de distinta manera. Se vive distinto entre el olor a brasa y el color del final de un día o el panorama lácteo de las noches. ¿Habría que comprobarlo?

Mouffe (citado en Kymlick, Norman, 1997) critica al liberalismo por reducir la ciudadanía a un simple estatus legal que reúne los derechos que el individuo puede hacer valer contra el Estado, nada más cierto. La llegada de un modelo de economía global ha tenido impacto en el entendimiento de la ciudadanía, pero, como Marshall ha apuntado ya la ciudadanía es también una identidad, ya se lucha por no vencer al Estado, sino a nuestros prejuicios y más profundo, nuestros miedos al otro.
Cómo enseñar entonces las ciudadanías. Primero hay que vivirlas para entender que no es solo una, que todas ansían el bien común; hay que ser realista y comprender la tarea: aunque una parte –fundamental como lo es el Estado falle, realmente, amanece todos los días.

Vemos un modelo educativo que está por entrar en funcionamiento en México, más humanista, que atiende la diversidad, un entramado pensado para sacar lo mejor de cada ciudadano. No habrá cambiado a diferencia de lo estipulado en documentos oficiales de las décadas de 1920 y 1930 (Barlett y Benavidez, 2016), pero pone de entredicho que la reivindicación del rol docente es necesaria. Hace falta reformular las estrategias de enseñanza-aprendizaje en torno a la educación ciudadana para llevarla más a la práctica y en sentir a diferencia de solo mediante la pluma y el escritorio. Actividades para la promoción de conductas prosociales, desarrollo de habilidades para la sana convivencia y la vida, el énfasis en sembrar valores desde una perspectiva ocupada en el desarrollo personal de cada persona, en un genuino interés por las manos que podrían seguir transformando realidades cuando sea el momento, educar desde la empatía, son todas necesarias, algunas más que otras en determinados contextos, por ello también la evaluación del aprendizaje se asoma hacia la transversalidad ya que en esta mirada encontramos la convivencia que es en evidencia, eje central del replanteamiento de la ciudadanía (Molina, 2011).

Referencias
Ayala, E. S. (2002). Interculturalidad: fundamentos, programas y evaluación. ¿Qué educación para qué ciudadanía?, pp. 83-129. Madrid, España: La Muralla.
Bárcena, Fernando y Jover, Gonzalo (2005). La ciudadanía imposible. Pensar al sujeto cívico desde una pedagogía de la mirada, pp. 49-82. En Oraisón, Mercedes. Globalización, ciudadanía y educación. España: Octaedro/OEI.
Barlett y Benavidez. El fraude de la reforma educativa. México, 2016.
Cortina, A. (1997). Ciudadanos del mundo: hacia una teoría de la ciudadanía. Alianza.
Delors, J. (1996). La Educación Encierra un Tesoro.
García Cabrero, B. y Barba J. B. (Coord.). (2016). Construcción de la educación ciudadana Miradas contemporáneas y retos futuros.
Kymlick, W. Norman. El retorno del ciudadano. Una revisión de la producción reciente en teoría de la ciudadanía. Ágora, (7) invierno de 1997, pp. 5-42.
Marcos (Subcomandante), & Vergés, A. B. (1998). Relatos del viejo Antonio. CIACH Centro de Información y Análisis de Chiapas.
Molina, A. Prácticas y espacios para la formación ciudadana: una revisión desde el programa de formación cívica y ética en educación secundaria. Hidalgo, México: Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

Como aquel 19 de septiembre de 1985, durante los sismos de este 2017 la ciudadanía tomó las calles para salvar su propio destino. No esperó a que el político carroñero pensara qué estrategia inventar para sacar el mayor provecho posible de la situación. Así debía ser.

La situación apremia después de la sacudida. Hay que comenzar la reconstrucción cuanto antes. Un día sin alimento, sin techo es mucho tiempo. Por eso no hay tiempo de pensar o planear. Pero, ¿de dónde se obtienen esas habilidades? ¿Nuestro sistema educativo construye ciudadanos, esos seres que son capaces de ver más allá de su nariz? ¿De dónde sacamos ese ímpetu, ese poder que nos hace levantarnos aun cuando estamos literalmente en la lona? Esas preguntas intenta responder Josué Ledesma en el ensayo que hoy aparece en este Maldito Vicio.

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