Pachuca.- Los ojos del mundo están sobre la carrera por conseguir una vacuna contra el coronavirus (Covid-19), a permita retomar las actividades, sobre todo las económicas, a gran parte de la humanidad. Pero la ciencia tiene estrictos procesos que requieren un tiempo ajeno a cualquier presión política, económica o social.

Para comprender un poco más lo que significa lograrlo, Rosa María del Ángel Núñez, doctora en biología molecular, investigadora y jefa del departamento de infectómica y patogénesis molecular en el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav), del Instituto Politécnico Nacional (IPN), explicó en entrevista la complejidad que significa desarrollar la vacuna en tiempo récord.

“Los laboratorios que tienen amplia experiencia en el coronavirus han hecho el trabajo inicial. De hecho, fueron los científicos chinos los que se movieron muy rápido. Aislaron a las personas, secuenciaron el virus, crearon metodologías para amplificar el material genético y poder hacer un diagnóstico claro de la enfermedad.”

Además, “compartieron ese conocimiento y eso permitió que todos los científicos del mundo, cuando se presentaron los casos en sus países, tuvieran las herramientas suficientes para hacerle frente al brote”.

Rosa María del Ángel, quien es nivel tres en el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), lidera un equipo de científicos que analiza los mecanismos y componentes celulares que usan los virus de la familia flaviviridae como el dengue, zika y el virus del fiebre amarilla para entrar, replicarse, inhibir la respuesta inmune celular y salir de la célula.

¿Cómo se hace una vacuna?

Cuando una persona se infecta por un virus o una bacteria, “su sistema inmune reacciona porque tiene la capacidad de saber qué forma parte del organismo y qué es ajeno al mismo”, explicó la investigadora.

Hay dos tipos de respuesta, “una de tipo humoral y otra de tipo celular. La primera es la que conocemos como generación de anticuerpos, los cuales al detectar las proteínas extrañas se unen a ellas y las destruyen”.

Por el otro lado, la respuesta inmune celular “lo que hace es preparar a los linfocitos, también conocidas como células T, que al momento que detectan esas proteínas ajenas al organismo las destruyen”.

Para reforzar esa respuesta inmune están las vacunas. Actualmente, existen diferentes tipos y científicos de todo el mundo experimentan con todas las formas posibles para encontrar la más eficaz y segura contra el también llamado SARS-Cov-2.

La investigadora explicó brevemente cada tipo. “Están las vacunas inactivadas que mediante calor o productos químicos dejan los virus como un cascarón, es decir, ya no será capaz de reproducirse pero su cubierta quedará intacta para que el sistema inmune todavía lo pueda reconocer, pero no provocar enfermedades”.

Está el método atenuado, “que implica pasar el virus por cultivos celulares diferentes en un huésped no humano con el objetivo de hacerlo menos infectivo.

“Otra vacuna se hace con virus recombinantes, en este caso utilizan partes específicas del virus como su proteína, es decir, la carcasa que lo rodea y se inserta en otro virus, por ejemplo de una gripa leve; de esta manera, cuando se reproduce el virus portador también se crea la proteína de la vacuna; el sistema inmunológico la reconoce y brinda protección futura.”

Por último, están las más modernas “que son las vacunas de ARN (ácido ribonucleico) y DNA (ácido desoxirribonucleico), que consiste en la introducción en el tejido humano de una secuencia del ARN o DNA del antígeno al que se quiere que el cuerpo reaccione”.

No menos complicado

Una vez que científicos logren desarrollar la vacuna eficaz y segura contra el Covid-19, el siguiente paso es lograr la autorización de cada gobierno. En casos de epidemias como la actual, puede haber excepciones como hacer fases simultáneas o la autorización de vacunas emergentes, como lo han hecho en algunos países.

Sin embargo, para la doctora Del Ángel, a pesar de la actual crisis sanitaria, “no deben saltarse pasos, es importante llegar a la fase tres, tener un periodo para saber qué pasa con esta vacuna, si genera o no buena protección; dos, saber cuánto tiempo dura esa protección, porque podemos confiarnos y capaz que la protección dura un año; o a lo mejor tiene muchos efectos adversos”.

Después, viene la producción “aún más importante, porque tenemos que poner plantas grandes con altos estándares de seguridad porque se van a aplicar a millones de personas”.

Vacuna mexicana ¿posible?

Para Rosa María del Ángel, ninguna vacuna sobra “porque no han llegado a todas las fases para demostrar su efectividad, así que todavía caben nuevas investigaciones”. Además, añadió, “no sabemos cada cuánto vamos a aplicar esta vacuna. A lo mejor logran una con inmunidad por mucho tiempo, pero a lo mejor se requiere revacunación”.

Si México logra desarrollos nacionales, “permitiría tener una producción a menor costo con tecnología propia”. Consideró que los primeros resultados de fase dos estarían “probablemente para mediados del próximo año y eso permitiría saber si van adelante o no con relación al resto del mundo”.

Sin embargo, destacó que los ensayos clínicos en humanos generalmente van de la mano de farmacéuticas, porque es muy costoso y “muchas veces es inversión a fondo perdido, porque puede ser que la vacuna no funcione”.

Por ello, añadió, “tenemos que buscar interacciones mucho más cercanas entre los grupos de investigación y las empresas farmacéuticas”.

Paciencia… Para mayor seguridad

El proceso para lograr una vacuna, explicó Rosa María del Ángel, “empieza en el laboratorio con estudios pequeñitos, con células en cultivo; después, se pasan a animales, como roedores. Si funciona, se lleva a monos”. En esa etapa buscan comprobar “si es buena para generar anticuerpos y todas esas son fases preclínicas, las cuales pueden llevar de tres a cinco años antes de llegar a la fase clínica con humanos”.

Sin embargo, en el caso del Covid-19 “muchos de los caminos que ahora se han ahorrado es porque habían comenzado a preparar vacunas contra el SARS-Cov-1 y contra MERS, y como son virus muy parecidos, han usado la experiencia y plataformas que ya estaban montadas para esta enfermedad”.

Una vez que los científicos consideran que una vacuna puede funcionar, pasan a las fases clínicas con humanos y “su principal función es conocer su seguridad, ¿y a qué llamo seguridad? Que no cause reacciones adversas, que la persona no tenga graves problemas después de la vacunación y que genere anticuerpos y células T que puedan proteger
al individuo”.

La fase uno se hace con decenas de personas, la dos con centenas y la tres, que implica evaluar principalmente protección, debe ser con miles de personas.

“Todos esos estudios se hacen aleatorizados doble ciego, ¿qué significa esto? Tiene que haber un grupo control y un grupo al que le voy a aplicar la vacuna. Al grupo control se le pone una sustancia que tiene todo menos con el componente biológico que lleva la vacuna. La persona no debe saber si le ponen la vacuna o el placebo y quien la aplica tampoco lo debe saber. Es importante que las personas no se vayan con la idea de falsa protección porque eso puede influir mucho en los resultados”.

Al final, analizan si hay reacciones adversas como dolor en el sitio de inmunización, fiebre, malestar general, entre otros, y en qué cantidad ocurre. En las actuales pruebas de vacunas contra el Covid-19, las realizan a grupos de 30 mil personas en promedio, “porque una reacción que ocurre en una de mil personas solo se va a reflejar en universos de ese tamaño”.

Rosa María del Ángel Núñez

Tiene doctorado y maestría en biología molecular, ambos grados por el Cinvestav, del IPN; además, es química farmacobióloga por la Universidad La Salle.

Realizó una estancia de investigación en el departamento de microbiología en el College of Physicians and Surgeons, en la Universidad de Columbia, en Nueva York, Estados Unidos.

Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) nivel tres desde 2012. Actualmente, es profesora investigadora y jefa del departamento de infectómica y patogénesis molecular en el Cinvestav.

Sus principales líneas de investigación son: replicación y patogénesis del virus del dengue, zika y fiebre amarilla; diseño de antivirales y modificaciones en el transporte núcleo-citoplasma durante la infección con flavivirus.

Por sus logros, ha recibido importantes reconocimientos, entre ellos: ser miembro de la Academia Mexicana de Ciencias desde 2003; es vicepresidenta de la Sociedad Mexicana de Virología; miembro de la Academia de Ciencia de Latinoamérica y editora de la revista Frontiers in Cellular and Infection Microbiology.

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