Regatear votos a las leyes secundarias de la reforma constitucional que dio vida a la Guardia Nacional es evidencia del prurito que causa el riesgo de militarizar formalmente al país, porque desde finales del siglo pasado se ha vuelto normal y aceptada mayoritariamente, incluso requerida por gobiernos estatales y municipales, la presencia de elementos de las Fuerzas Armadas en zonas urbanas y rurales, especialmente en aquellas consideradas de alto riesgo.

Ejemplo de ello es la Ciudad de México, cuyas autoridades recurrentemente han negado la necesidad de patrullajes de militares en vehículos artillados, pero ahí están y no causa sorpresa alguna su presencia; al contrario, son factor que al ciudadano le garantiza seguridad.

¿Por qué Andrés Manuel López Obrador cambió totalmente su opinión de los militares? ¿Por qué después de descalificarlos e incluso denostarlos llamándolos represores y hasta genocidas? ¿Por qué hoy los requiere como garante de la enorme tarea de devolver la paz y seguridad a los mexicanos?
Sencillo. Las Fuerzas Armadas mantienen un alto nivel de aceptación y respeto entre la ciudadanía; son el grupo mejor calificado. No, no hay que confundir la referencia con el panegírico oficioso.

Y es que, mire usted, pese a las campañas de desprestigio impulsadas por el crimen organizado ya con la movilización de ciudadanos pagados para denostar a marinos, soldados y federales con marchas y mantas de repudio e incluso de franca amenaza, o pasquines conducidos por sedicentes periodistas, lo cierto es que las Fuerzas Armadas mantienen el respeto ciudadano.

Por supuesto, en las Fuerzas Armadas no hay hermanas de la caridad ni los altos mandos tienen vocación de mártires. La tropa acata órdenes, aunque ha ocurrido que motu proprio ha actuado en perjuicio de los derechos humanos, en actos francamente delictivos. Pero, hoy, se les juzga en una evidencia de que hay otro concepto en el ejercicio de la fuerza pública.

Y no olvidemos que el grueso de los elementos que integra a la Guardia Nacional proviene de las Fuerzas Armadas, que se incorporan al que será un cuerpo de elite y, de acuerdo con el fundamento que dio pauta a la iniciativa de reforma constitucional, combatirá al crimen organizado frente a frente y con el compromiso de que paulatinamente devolverá la seguridad al país.

Es una apuesta y no queda de otra por la salud del país, cuya descomposición social ha escalado a niveles de terror con el creciente ajuste de cuentas entre cárteles y bandas criminales que se pelean cotos, plazas en las que el ciudadano es el cliente, el sustento, la víctima inocente que está en el lugar equivocado y a la hora equivocada, en el escenario de una balacera, el ajuste de cuentas o el objetivo al que le venden protección y derecho de piso.

Y el ciudadano que paulatinamente pierde la capacidad de asombro y no se horroriza ni persigna cuando en los expendios de periódicos y revistas observa primeras planas que escurren sangre y gritan la advertencia de que eso le puede ocurrir a cualquier ciudadano, al que viaja en el transporte público en la ruta al trabajo de salario miserable o el que transita en su vehículo de lujo o desayuna en un restaurante de Polanco y de pronto es amagado por un delincuente armado que no se tienta el corazón para disparar y matar al que se oponga, a la señora que no entrega el monedero con monedas del sustento de la prole, o el ejecutivo que se niega a dar el Rolex al nervioso cuanto maldito inhumano que asesina.

No, los senadores de oposición, como los diputados federales y los locales que aprobaron la reforma que dio génesis a la Guardia Nacional, no han regateado su voto en busca de beneficios personales o de grupo, porque hoy su postura borda precisamente en ese imperativo de no votar por leyes secundarias que finalmente pueden dar al traste con la ambiciosa posibilidad de devolver la tranquilidad a los ciudadanos que vivimos en este nuestro país.

Y no debe sustentarse la negativa a aprobar una reforma de ley por el simple hecho de que sea propuesta por el grupo gobernante, por el propio presidente López Obrador, porque finalmente, como ha ocurrido con la reforma educativa, la Guardia Nacional es necesaria, quiérase que no, aunque habrá que someter a la primera a un análisis más profundo para evitar que retornen los cotos de poder, esos cacicazgos que se enfundan en supuesta democracia de lucha gremial para controlar plazas y dineros.

Lo fundamental, estamos, estriba en el marco legal en el que habrá de operar la Guardia Nacional y cuya operación ha comenzado pese a que no está aprobada toda la estructura del marco legal que le da vida. Se entiende la urgencia de que la Guardia asuma el control en regiones que están en poder de los cárteles, cuya disputa sangrienta por el control de plazas ha provocado éxodos de cientos de familias, pueblos fantasmas que hasta hace poco tiempo eran campos productivos convirtiéndose en asentamientos miserables.

No, no hay regateo de votos por posiciones políticas en eso de la Guardia Nacional. Hay un imperativo de vacunar al cuerpo de elite y evitar que sea cooptado por el crimen organizado, ese que se ha convertido en verdaderas empresas que sostienen economías regionales frente a la ausencia de gobierno.

En su momento, se advirtió el riesgo de que los militares fueran seducidos por los billetes verdes, convirtiéndose en socios, algunos y, otros, en empleados bajo la amenaza extendida a sus familias de colaborar o morir.

Hay urgencia mas no por esa prisa debe correrse el riesgo de aprobar leyes secundarias que más temprano que tarde serán cuestionadas y recriminadas a quienes las aprobaron. Por eso, Ricardo Monreal Ávila, presidente de la junta de coordinación política del Senado de la República y coordinador de los senadores de Morena, le apostó al consenso, a que los dictámenes de las cuatro leyes a discutirse en el pleno senatorial lleven el respaldo firmado de los 128 integrantes de la Cámara alta.

–¿Cómo van?– preguntó una colega a Monreal en conferencia de prensa ayer lunes.

–Bueno, miren –respondió Ricardo Monreal–, este es un día definitivo. Estaba ahora precisamente revisando con el grupo de redacción los detalles últimos de las cuatro leyes. Les podría decir que en tres leyes, que son Ley del Registro de Detenciones, Ley de Uso de la Fuerza y la Ley del Sistema de Seguridad Pública tenemos prácticamente completo el consenso.

Lo que en este momento estamos ya revisando puntualmente es la redacción, la exposición de motivos y limpiar el texto de esas tres.

Entonces, estamos muy cerca. Pese a todos los pronósticos de dificultad, yo les podría decir que ha valido la pena el esfuerzo que arrancamos el día 11, 10 de abril, más de mes y medio.

Y también, les señalo que estamos intentando terminar la Ley de Extinción de Dominio, el dictamen, que es aparte. Pudiéramos también mañana introducirlo en el orden del día. Hoy en la tarde se está trabajando, ahí sí ya como ustedes saben, iniciativa, turnó a comisiones, dictamen.

¿Qué busca Monreal? El consenso, que no haya hilos sueltos en un tema de suyo delicado. La Guardia Nacional debe estar vacunada contra la corrupción, a salvo de la tentación de la efímera vida fácil, la de oropel cuyo destino es la tumba. ¿Usted cree que los senadores de oposición regateen el voto a las leyes secundarias en busca de favores políticos? Mal harían porque está en juego la tranquilidad social, la salud del país, sin siglas ni banderías. Y mal harán los senadores de Morena en festinar una votación de consenso, de unanimidad, porque entonces la mezquindad reptará entre sus escaños. Digo.

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