Aquí, al pie del arroyo de Pachuca-Avenidas, mirando a la salida del Sol, frente al improvisado de piedra, cal y madera puente de El Gallo-calle Julián Villagrán, nace la empinada y pedregosa cuesta del primitivo cerro de la Santa Apolonia, calle y plazuela de El Caballito-Patoni. Desempolvando, extendiendo y apuntando con su dedo índice los viejos planos de yacimientos de argento, minas, socavones, tiros, catas del criadero de La Corteza, resaltaba las curvas de nivel medidas y plasmadas por experto topógrafo-agrimensor minero que indicaban desde la parte baja en el paso del río “N.0+0” hasta la más elevada sobre las 100 varas en la cumbre por la senda de esa veta también conocida por la vieja población como Santa Apolonia.
A unas cuantas varas del cause del arroyo se desplantó inicialmente, siglo XVI, el templo de la Asunción de María, al sur de éste con todas las ordenanzas de la corona de las Españas y de influencia renacentista se trazó la primigenia plaza Real-Mayor-de Mercaderes-Constitución, varas más arriba, siempre mirando al oriente, en una pequeña concavidad se encuentra la antigua barranca de Santa Apolonia-Patoni, que por cientos de años, aclaró enérgicamente la abuela, reconoce las aguas llovedizas del viejo cerro que tiene memoria, a pesar de la modernidad del siglo XXI continúa inundando la calle baja de Hidalgo, desde el San Clemente hasta Riva Palacio, escurren ríos que arrastran a su paso piedras, lodo, tierra y basura, jamás olvidan esos escurrimientos su cause principal.
Verdadera complacencia el aprendizaje sobre la villa del mineral de Pachuca, los diálogos y crónicas de la viejilla dadas con un especial gustillo, deleite y pasión irónica, resaltando muy especialmente esos lugares de la calleja del Caballito-Patoni. Sentía el lugar por hallarse enterrado su ombligo y los de sus antiguos, insistía “aquí donde aprendí a gatear, aquí donde conocí las primeras letras, aquí donde con los juegos aprendí de niña a ser feliz, aquí donde me hice mujer, aquí donde abreve toda la sabiduría de los ancianos modestos, enfermos y ya dóciles trabajadores de los obscuros y húmedos socavones”. Apoyada en rotos mapas, croquis, fotografías y grabados de la región de los cuatro reales de minas, lo mismo de los codiciados, bien guardados y arrugados documentos, manchados, descoloridos y amarillentos, emparchados, coincididos con pegajosa y olorosa masilla de la dicha “cera de Campeche”, ya petrificada, estos archivos en hermosa letra en circunvoluciones, de inentendibles curvilíneas manuscritas, que por su antigüedad siempre tuvo la anciana que mostrar sus artes al paleografíar sus letras.
Ella detalló, con conocimiento de causa, que el siglo XIX en la nueva nación mexicana fue centuria de conflictos armados por adueñarse del poder político y económico, tiempos de definiciones, de búsqueda de identidad como mexicanos, como nación, que desde la guerra civil de Independencia, 1810, después con la ley de expulsión de extranjeros de 1829 se sucedieron por años en el nuevo país. En la villa de mineral de Pachuca se tenía el mismo sentir, abandonada bajo el sofocante peso de la miseria con menos de 4 mil habitantes hasta 1850. Donde la escasa población cercana a las minas, mayoritariamente indígena, con “ignorancia verdaderamente lamentable”, no ganaba más que un miserable jornal en las haciendas pulqueras y de campo, siempre menor al pagado en las minas.
Le era claro que el poder económico producto de la explotación de argento, junto con la labor de la tierra y las haciendas pulqueras, se confabularon en esta zona en la persona de Tomas Mancera fatuo y engreído dueño de yacimientos argentíferos en el real de Atotonilco el Chico, con intensas actividades de comercio y propietario de la mina La Guadalupe, alias la Mexicana, a unos pasos de la veta de Analcos, incluso de lazos estrechos e intrincados con políticos, familiares y ambiciosos personajes de influencia en la gran Ciudad de México.
Gritaba con voz compungida agitándose como azogada “estos falsos aristócratas pusieron a sus diputados de las platas por la región de los reales mineros en favor del militar I Mariano Espinosa Herrera y Viviano Almaraz”, en el siglo XIX, 1840. Siempre del lado de intereses económicos, políticos, religiosos y militares, como es costumbre arraigada, estos legisladores de minería sabían, que al ponerlos, los utilizaban de acuerdo a sus jugosos beneficios en la práctica legislativa que les permitía, no solo enterarse, sino meter las manotas,” y hasta la trompa”, en muchos secretos económicos “aulló la anciana”. Como lo fue conocer de las rentas de las propiedades mineras del Mulo de Regla-Romero de Terreros con la empresa británica Compañía de Aventureros de las Minas del Real del Monte, 1824-1849, que a su vez venden sospechosamente a los Escandón y Billestigui en 1849, con la caudalosa riqueza suspicazmente oculta de San Juan Analco-Xomulco en la mina del Rosario que dio la bonanza de la región de 1850-1860, toda esta confabulación, superó el milagro de la multiplicación de los peces y los panes.
Estos legisladores eran un “vivo ejemplo de la lealtad institucional al poder, se alinearon cuando y donde seles indicó, operaron desde la trinchera a donde se les mandó y callaron cuando se les prohibió hablar”, fueron soldados al servicio del poderío económico del mineral y de haciendas de labor y pulqueras, unos soldados mansos como títeres, les señalaba el pueblo en labios de la viejilla “se supieron arrastrar para obtener prebendas”.

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