Selim Gómez

En Pachuca vestirse para salir de casa representa un ejercicio de logística y planeación: a la mañana neblineada puede suceder con prontitud que el Sol inclemente y con la llegada abrupta de las nubes y el viento, la helada. No es inconcebible recurrir en un mismo día al bloqueador solar, el rompevientos y el paraguas. Los locales están acostumbrados y afrontan con estoicismo cualquier error en la proyección sartorial. Si uno manifiesta asombro, se le responde que así es Pachuca y que el cambio es parte de la vida.

Es fácil pensar que la volatilidad del clima pachuqueño es un hecho inmutable de la naturaleza, una encantadora propiedad de la región que siempre ha sido así y que en el futuro así seguirá. Pero en realidad, la evidencia disponible nos dice que esto no es así. Podemos acceder, mediante el Servicio Meteorológico Nacional (fundado en 1901 y heredero del Observatorio Meteorológico y Astronómico de México), a los datos de diversas estaciones meteorológicas distribuidas a lo largo y ancho del territorio mexicano y mirar la deriva de los patrones climáticos locales a lo largo de un siglo. Por ejemplo, mirando las fechas más calurosas y más frías.

El resultado es que las temperaturas extremas no están equitativamente repartidas a lo largo de los 90 y pocos años de los que tenemos registro en Pachuca, sino que tienden a apilarse en las últimas dos décadas. Alarmante evidencia de que el pasado tiene algo nuevo que contarnos.

Análisis similares realizados en todo el mundo nos indican que el cambio climático es un fenómeno global con dramáticas manifestaciones como la pérdida de territorio debida al aumento en el nivel del mar, causado por el derretimiento de los hielos polares y por la expansión debida a la creciente temperatura del agua de mar, un fenómeno que ya ha contribuido a la evacuación de algunos poblados que resultaron anegados en este proceso.

Sin duda, el cambio es parte de la vida. Nuestro planeta ha vivido ciclos de enfriamiento y calentamiento debidos tanto a la dinámica solar como a cambios ocurridos. Lo que no tiene precedente es la velocidad con la cual este cambio procede durante las últimas décadas.

El cambio climático es innegable, pero existe controversia (no necesariamente intelectualmente honesta) sobre las causas. Es fácil, y hasta cierto punto consolador, creer que obedece a una dinámica tan natural como inevitable, que lo que hoy se caliente puede mañana enfriarse y que en definitiva nada hay nuevo bajo el Sol.

Mirando una fotografía de la Tierra tomada desde la Estación Espacial Internacional, colgando sola en un cielo oscuro, es tentador pensar en ella como un sistema cerrado, aislado cómodamente por millones de kilómetros de gélido vacío y un sistema así puede plausiblemente imaginarse como sólido e imperturbable. Esta imperturbabilidad, sin embargo, es una ilusión perniciosa. La Tierra es un sistema en interacción continua. La vida en la Tierra depende de manera compleja de nuestra relación con otros objetos astronómicos como el Sol y la Luna: la escasa excentricidad de nuestra órbita, la inclinación del eje de rotación de la Tierra que produce el advenimiento regular de las estaciones, la existencia de las mareas. Una forma de vida que pudiese prosperar en un ambiente sin estas características sería por una fuerza muy diferente a la vida que conocemos y amamos, al grado que es posible cuestionarse si la reconoceríamos como tal.

Estamos suficientemente cerca (y suficientemente lejos) del Sol para recibir la constante irradiación luminosa y energética que nos permite tener agua líquida y células fotosintéticas. Una parte de esta luz solar es reflejada y otra parte alcanza la superficie. La proporción que es reflejada (llamada por los científicos el albedo de la superficie) depende de varios factores: la cobertura de nubes, la cantidad de árboles, la composición de la atmósfera. A su vez, estas variables se ven impactadas por decisiones humanas, como el uso del suelo para agricultura, ganadería o habitación o la actividad industrial que añade gases de invernadero y atrapa una mayor proporción de la radiación solar.

No todas contribuyen con la misma magnitud ni en la misma dirección, pero el balance final es bastante claro: la suma total de nuestra huella ambiental es forzar el clima hacia un nuevo punto de equilibrio que puede no ser tan amigable para la vida en la Tierra. Puede que el bloqueador y el paraguas sean insuficientes.

Veleidades climáticas

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