A estas alturas, al entrenador colombiano se le critican hasta las faltas de ortografía. El diario Récord lo llama “predicador”, mientras que ESPN se cuestiona sobre su verdadera personalidad, misma que le valió la nada elegante sanción de seis partidos desde las tribunas. “¿Así ya no habrá rotaciones?”, ironizan algunos.

Lo cierto es que resulta preocupante el patrón de arquetipos en los que se han depositado los sueños del quinto partido en el Mundial. Pensemos en gente como Javier Aguirre y su patada al futbolista panameño o su inolvidable conferencia de prensa en Sudáfrica con la cara escondida tras la visera de la gorra. O las respuestas cada vez más vomitivas de José Manuel De La Torre a medios y a sus propios “protegidos”. Y ni cómo olvidar la reacción de Miguel Herrera y su familia ante los comentarios de Christian Martinoli y Luis García.

La conducta impulsiva ha sido una constante para los estrategas que dirigen al Tri. Definitivamente se trata de una tarea titánica cargar con las esperanzas de toda una nación y que los resultados, históricamente, nunca te vayan a favorecer. Pero el caso de Osorio es bastante puntual. Una y otra vez nos hemos cuestionado en este espacio sobre la naturaleza de su razonamiento: que si es un genio revolucionario, que si es un egocéntrico insufrible, que si le gusta experimentar o simplemente quiere ver al mundo arder. El tema de las famosas rotaciones marcará esta etapa en el futbol mexicano, independientemente de cuándo y cuál sea el desenlace de la era Osorio.

Por lo pronto, los jóvenes más destacados y uno que otro lobo de mar defienden el título en Concacaf. La Copa Oro para México se ha convertido en una obligación indiscutida, y a estas alturas de la gestión en turno solo existen dos posibilidades: o reivindica la estrategia del entrenador menos querido de los últimos años o termina por hundir un barco que flota en estadísticas, pero no en buen futbol.

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