Aunque en México se conoce a Gógol gracias a la puesta en escena de Diario de un loco, que inmortalizó a Carlos Ancira en el teatro mexicano –más allá de sus interpretaciones cinematográficas de villano–, la importancia de Gógol en la literatura rusa es una de las menos tomadas en cuenta a la hora de pensar en un autor cuya influencia determinara la obra de muchos.
Muy al comienzo de su trayectoria, a Dostoievski no le pareció mal experimentar con el tono satírico y surrealista de La nariz para explorar una versión propia, aunque bastante demencial en El doble, apenas su segunda novela y una de las menos tomadas en cuenta del conjunto de su obra.

Tolstoi, cuando fue reconocido como una de las eminencias literarias y embajador de las letras rusas, entre las recomendaciones que más subrayaba siempre se encontró Gógol.
Así, Pushkin, Chekhov, además de los autores italianos con quienes convivió durante su estancia en Roma, Gógol figuró como uno de los creadores con un talento muy por encima de lo que se esperaría. Nabokov, en su Curso de literatura rusa dedicó un lugar favorito a Gógol, Tolstoi y Chekhov, pero despreció con singular énfasis los trabajos de Gorki y Dostoievski. De Gógol admiró su habilidad para narrar historias y hacer de la vida diaria una circunstancia extraordinaria, así como verosímil.

Pero en su obra destaca, al menos por la temática, Vi, el rey de los duendes. Se supone que la obra es producto del folclore ruso llevado, según el mismo Gógol, a ninguna otra cosa excepto la transcripción fiel de un relato que recogió cuando se encontraba de viaje por la Rusia rural, pero la narración sigue conservando su poder de evocación tal y como cuando la dio a conocer.

El relato arranca cuando tres estudiantes de la antigua academia ucraniana, un gramático, un retórico y un filósofo –grados correspondientes a la formación alcanzada– se extravían en la estepa antes de regresar a sus hogares, pero una vez encuentran posada, una anciana les ofrece hospedaje por las malas y pasan la noche allí; pero ya entrada la noche, el filósofo descubre que la anfitriona es una bruja quien pretende dar cuenta de sus invitados. Más por accidente que con la intención de hacerlo, el joven da muerte a la bruja y huye a un poblado cercano.

A partir de ese momento, el trayecto del filósofo se convierte en una suerte de espiral descendente que concluirá luego de cumplir el último deseo de una moribunda que pide se realice una misa de tres noches en su nombre.
Pese a que se trata de un clásico de la literatura rusa, la influencia de Vi, el rey de los duendes se encuentra por todo el planeta, cuando se trata de narraciones cuyo argumento desarrolla noches de vigilia en presencia de seres demoníacos que solo podrán vencerse por su debilidad a la luz del día, aunque no es una de las primeras referencias en aparecer, dada la antigüedad del relato y la escasa mención de su título.

No obstante, Gógol tenía una pluma particularmente poderosa que, folclore o no, podía reconstruir el tono demoníaco de lo extraordinario con una capacidad fuera de serie. Las noches de vela mientras el filósofo recita las misas, cuando se leen sin otra intención excepto seguir el curso del relato, convierten a cualquier otra narración –incluso a las mejores películas del cine de horror japonés– en un simple cuento de hadas.
Fue gracias a esa capacidad hechizante y difícil de imitar que Modesto Mussorgsky se declaró aficionado incondicional de Gógol, cuando decidió componer Una noche en la árida montaña, cuyo tono solo puede aproximarse en lo visual a los retablos de la última fase en la obra de Francisco de Goya.

La paradójica adaptación que le dedicó Walt Disney en fantasía, retomó todas las referencias macabras que cupiera suponer y admitir una cinta musical dirigida al público infantil, pero no escatimó en aspectos visuales que también figuraban en La víspera…
Así como con Vi, La víspera…, además de Mussorgsky, se trata de casos inapreciables ejemplares que dejó la cultura rusa y vale la pena revisitar, así sea para darle el privilegio de la duda a semejantes prodigios.

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