Kobda Rocha*

“Nada salva del amor…
Ni siquiera el amor”
Wendy Guerra

Viajar al infierno, a refutar de lo que se ha consignado al mundo, no constituía gran dificultad. De hecho, los rituales e invocaciones no eran arte desconocida para Julita Magaña. Su bisabuela había sido una bruja curandera, una de esas antiguas hechiceras respetadas por toda la gente del pueblo; de cuando en cuando, llegaban viadores de otros poblados para ser atendidos, sanados, aconsejados o simplemente bendecidos por la vieja nigromante. Su abuela, aunque criada religiosamente por la hermana de la bruja, ya que esta siempre estaba ocupada aliviando los malestares físicos y espirituales de mil desventurados afligidos, terminó por aprehender la siempre efectiva práctica de la herbolaria; además, aunque nunca públicamente, también transmitió a sus nueve hijas algunos conocimientos vagos sobre las brujerías de su madre, sin mencionar que la anciana misma aleccionó a sus nietas con sabiduría secular de los cuatro cosmos. La madre de Julita fue una de las hijas rejegas que rebatieron toda herencia mágica en su ascendencia, se dedicó de lleno al culto bíblico hasta el punto de convertirse en catequista, evangelista, adoradora y fiel destrona del párroco local; conocía todos los ritos eclesiásticos, organizaba los festejos anuales de santificación patronal, dirigía los novenarios fúnebres y asistía diestramente a los exorcismos que efectuaba el sacerdote. Por suerte, dos de sus hermanas sí rescataron el legado místico de su linaje y dedicaron su vida a la meditación vipassana, yoga ayurvédico, reiki tibetano y budismo theravada; claro es que fueron ellas las dos tías favoritas de Julita.

Este nuevo mundo postmoderno hace la vida muy sencilla para la armoniosa concordia de los incrédulos, agnósticos, ateos, creyentes e indecisos combinatodo. El ánimo clasemediero de superación socioeconómica con que se forjó la generación del circundante nuevo milenio embutió a Julita hasta las entrañas de la urbanización para engullir los impetuosos ramalazos de la idiocia universitaria, extirpándola del cálido abrigo familiar que la cobijó por casi 20 años en su pueblo natal, un lugar exento del régimen positivista que ha de injertar el conocimiento científico en el sagrario deífico de la humana veracidad. Una vez a su alcance la gran biblioteca histórica del mundo, Julita no se detuvo; estudió cuanto pudo estudiar (desde las ciencias más rígidas hasta las humanidades más laxas), atendía a las más grandes conferencias y a los seminarios más importantes del orbe académico, revisaba y cuestionaba las propuestas más complejas de las pléyades más eruditas del campus y resolvía los paradigmas más paradójicos del intelecto ilustrado. En un parpadeo institucional, Julita obtuvo el título de licenciada, más tarde el de maestra y, finalmente, el de doctora.

El día que Julita volvió a su pueblito natal, ahora percibido tan diminuto como cualquier prólogo autobiográfico de arquitecto o astrónomo, todo parecía ajeno a sí mismo. Ella era propiedad privada de aquel pueblito, ahora le pertenecía a todos más de lo que nunca le había pertenecido a nadie. Antes, de niña, solo era la hija de la religiosa, sobrina de las locas y nieta de la curandera con sangre de brujas por sus venas. Pero ahora, mujer madura, era la licenciada, la profesionista, mujer de mundo, única persona que había hecho algo importante en toda la historia de aquel poblado; seguramente –todos lo pensaban– algún día habría un monumento con su nombre en la plaza principal frente al atrio de la iglesia. Sin embargo, aunque ella parecía pertenecerle más al pueblo después de haberse ido de ahí por tantos años que cuando realmente vivía allí, el pueblo ya no le pertenecía a ella. El pueblo era mucho más pequeño no por sus dimensiones territoriales, sino por la percepción que ella tenía del lugar y de la gente; los veía chiquitos a todos, como enanitos con estatura de humanos promedio, pero enanitos al fin en esencia. Antes, ese pueblo era su mundo y esa gente era su gente. Ahora, nada era para ella más que un recuerdo nostálgico de una vida que ya tampoco era la suya. Ella era el símbolo perentorio del éxito y la superación personal, a todos provocaba orgullo su existencia; el pueblo, en cambio, era la prueba terminante de que el tiempo puede ser detenido, lugar que solo causaba en ella vergüenza y lástima.

Bajar al infierno, aunque parezca inverosímil, no es tan dificultoso; el verdadero desafío es volver de allá con vida y sin corromper. Cuando Julita preguntó a su madre qué había sucedido a lo largo de los casi 20 años en que estuvo ausente, notó que solo había noticias malas: muertes, hambrunas, pobreza y pleitos vecinales importantísimos para todos pero que a ella le resultaban nimios, absurdos y tontos. Pero ahora había una buena noticia: Julita. Ella compensaba los malos ratos vividos, todo valía la pena solo por ella; el sufrimiento de toda una comunidad es el precio por el triunfo de una sola persona. Preguntó, entonces, por cada uno de los nombres que recordaba de su mocedad. La respuesta le pareció un listado automatizado: algunos estaban ancianos y enfermos, otros adultos y aburridos, y tantos más fallecidos y olvidados. Solamente un caso le produjo sobresalto: Ramiro Domínguez, su novio de la juventud, su noviecito del pueblo, el primero y el único de hecho. Hasta ese momento, se dio cuenta de que, durante sus años citadinos, jamás puso interés en los asuntos emocionales. Tuvo algunas relaciones líquidas e intermitentes, pero a ninguna le había dedicado más de una hora de transpiración feromónica. Y no es que hubiese perdido todo provecho o apetito venéreo, sino que estaba tan dedicada al aprendizaje de nuevos universos conceptuales que jamás percibió la necesidad artificial del complemento copulativo. Sin embargo, de chica, en el pueblo, no tenía la distracción ni la concentración en algo más que los sisifescos asuntos del trabajo, la ignorancia y la reproducción especiática. Un amor juvenil fue lo que comprendieron esos dos durante siete años, un amor seco pero completo, pues los pueblerinos no pasan por el idiotismo de la adolescencia; en el pueblo, distintamente a la urbe, se pasa de la casa y la escuela al trabajo y el matrimonio en cuestión de necesidad gastronómica.

A mitad del camposanto, sobre la tumba de Ramiro, con un ramo de nomeolvides en el alma y asistida por el viento infantil de los panteones, Julita recordó la ingenua, inocente e inofensiva promesa que se hicieron hacía ya tantos años:
–Hay que quedarnos juntos toda la vida, Julita.
–¿La vida? Es muy poco tiempo, ¿no? Si algo es seguro es que la gente pasa más tiempo muerta que viva.
–Entonces, mejor será juntarnos en la muerte.
–Si te mueres antes que yo, te iré a visitar al cielo de vez en cuando.
–Y yo soportaré mil muertes, Julita, solo para esperar tu visita.

Lo difícil no es alcanzar la muerte; el reto verdadero es ir nomás un rato y luego volver con el corazón intacto y con la vida aún patente. Era momento de poner a prueba sus habilidades de investigadora doctoral, así que prensó sus lágrimas y se dispuso a litigar una visita al otro mundo. Ramiro murió de una forma bastante común y simplona: en una pelea de borrachos. Junto con su hermano segundo, como dos grandes enemigos de toda la vida, durante un festejo el 12 de diciembre cuando se mentaron, golpearon, balearon y murieron. Así es como Julita dedujo que él estaba en el infierno, pues no hay borrachos ni peleoneros en el paraíso. Lo segundo por descubrir era cómo llegar a las entrañas del averno sin cubrir el requisito de la muerte. Por un lado, Píndaro, Hesíodo, Pausanias y Estrabón le daban una idea material para entrar, lo mismo que Caín, Lamec y el resto de los malditos; por otro lado, Dante, Kardec, Baudelaire, Nostradamus y todos los profetas bíblicos, míticos y acreditados por la historia le dejaban al paso la posibilidad de un viaje cósmico, incorpóreo. El viaje podía ser integral, es decir, de cuerpo presente, o podía ser espiritual, es decir, experimentado como un sueño vívido. Escoger una u otra no era necesario, ya que la decisión dependería de la viabilidad del momento y las condiciones situacionales. Finalmente, el gran acertijo por desenredar era el regreso, la vuelta a casa, al mundo vivo. Las habilidades de Jeane Dixon y la perspicacia que Ariadna de Creta reveló, además de las visiones transfinitas de Vangelia Pandeva Dimitrova y la permisiva empatía de Mictecacíhuatl, le dieron a Julita la fuerza y seguridad de que era posible llevar a cabo tal empresa. Cuando menos ya tenía la fecha en que debía realizar el viaje: partir el primero de noviembre y regresar al alba del siguiente día.

Julita gastó nueve meses para develar el método perfecto que habría de seguir si quería tener éxito en semejante misión turística. Practicó y estudió a fondo el libro egipcio de los muertos, la insólita güija y las ilustres cartas jerónimas. También deshojó el Mallevs maleficarvm y, por supuesto, los secretos del infierno según Lucífugo Rofocale. Pero fueron sus tías, las locas del pueblo, quienes realmente la ayudaron a descifrar tan complicado revés, defiriéndole de principio a fin las enseñanzas de su bisabuela, la gran sibila madre. A partir del cuarto creciente lunar de octubre comenzaron las sesiones preparativas: con una rama de avellano silvestre forjaron la vara fulminante que serviría de herramienta protectora a Julita a lo largo del viaje; entre danzas y sacrificios vírgenes, con Julita obviamente actuando de karcist, formaron el círculo cabalístico repetidamente según las indicaciones seglares de su estirpe; también, y para no dejar cabos sueltos a la duda, bendijeron apropiadamente la zona destinada a la pacta conventa.

Finalmente, llegó el día esperado y las tres brujas menores estaban preparadas para enviar a la más novicia de ellas al hipocentro del infierno y, sobre todo, para traerla de vuelta al término de su visita.

El infierno, hay que aclararlo de una buena vez, no es un lugar horrible por sí mismo; de hecho y por el contrario, el infierno es horrible, al igual que la Tierra, por culpa de quienes lo habitan. La maldad, dolor y vileza no están en un lugar, sino en sus habitantes. Una vez que Julita arribó a su destino, dominando todas las adversidades y superando cada obstáculo que en el camino se le impuso arduamente, advirtió con extrema decepción que Ramiro no la esperaba. Tal vez fue porque nunca nadie había hecho una visita conyugal en el infierno o porque allá los días se tornan años y los años resultan siglos o tal vez porque era a todas luces una labor imposible, pero Ramiro no arrostraba la muerte con la esperanza de recibir aquella inusitada visita. Él había perdido la fe en Julita. Así fue como ella se dio cuenta que él no era un condenado, sino un demonio más en el averno.

Julita, defraudada tras el terrible desencanto, regresó al mundo terrenal con las alas desplumadas y la aureola difuminada. A sabiendas de que el paraíso no existiría más para ella ni habría dios redentor de su alma, Julita retomó la vida humana, trivial y desazonada que el mundo nos ofrece a todos. ¿Qué sentido tiene la vida después de un viaje tan catártico y profundo como ese? Porque lo malo no es buscar el amor en el infierno; lo verdaderamente malo es encontrar el amor y lograr sobrevivir.

*kobdarocha.blogspot.mx

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