Viaje a Texcatepec, Veracruz (segunda parte)

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Como cuando conoces a alguien por primera vez, al inicio el camino nos mostró su lado amable. Apenas rodamos los primeros metros, el paisaje nos recibió con la promesa de que nos trataría bien. Pero los escasos árboles en un clima frío nos hacían pensar que esa zona había sido víctima de taladores.
Después, un letrero del gobierno federal nos anunció que pronto (aunque no decía cuándo) la modernización llegaría a esa zona y entonces podríamos viajar cómodamente hasta Texcatepec, municipio veracruzano enclavado en la Sierra Madre Oriental. Pero mientras llega ese mañana, hoy solo podemos disfrutar unos 30 kilómetros de carretera pavimentada.
Hasta ese momento Maya, Mayte, Mari, Rodrigo y yo disfrutamos cómodamente del ralo bosque a bordo del carrito blanco, hasta que unos obreros de la construcción levantaron unas banderas naranjas para indicarnos que hasta allí llegaba el progreso. Lodo y piedras sueltas vendrían a partir de ese punto en el camino.
Y como también ocurre con todo lo que pasa en la vida, me quedé corto en mis previsiones. Calculé que, a lo mucho, pasaríamos unas dos horas sorteando las vicisitudes de un camino sinuoso, trazado a fuerza de la costumbre y sometido al desgaste de los elementos del clima, de los vehículos y bestias que utilizan los lugareños para trasladarse.
Pero esas dos horas se convirtieron en cuatro. Un obstáculo sucedía a otro y ciertos tramos del camino implicaron hasta cinco minutos de pericia al volante. Zanjas y hoyos cincelados con la fuerza de la lluvia y el paso de vehículos pesados nos hacían pensar que el carrito quizá no superaría el camino que nos llevaría a Texca.
Sin ningún rastro de señal y a varios kilómetros de terracería de cualquier poblado, pensaba que, de fallar el carrito, quedaríamos varados varias horas en medio de la nada. Era placentero estar ahí: en un bosque que casi no ha sido tocado por la humanidad. Pero ese gusto por estar en medio de la naturaleza pudo haberse tornado en pesadilla si por alguna razón el carrito hubiera renunciado a seguir adelante.
Afortunadamente el pequeño vehículo, pese a ser citadino de nacimiento y vocación, sorteó todos los obstáculos. En momentos su pequeño motor de tres cilindros, combinado con las rocas sueltas y la pendiente, necesitaron del impulso de sus propios pasajeros.
Pero cuatro horas después de silencio, rocas, calor y pendientes escuchamos a Mari, nuestra guía, decir que en la siguiente casa podríamos estacionarnos. Un caserío desparramado en una verde cañada nos anunció que, al fin, estábamos en Texca.

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