Justo cuando empezaba el albor del Renacimiento, la Europa oscura, sumida en un estado de miseria y sin expectativas de un cambio social, excepto el paradigma de una frontera social a punto de extinguirse, entre las razones para uno de los cambios más poderosos se encontró el regreso del mercader de Venecia, quien habría de iluminar Italia primero y después el resto de Europa, con una sobre oferta de productos impensables, que a la sazón se volvieron gran parte de lo que echaría a andar una versión de modernidad.
No obstante, aunque la vuelta de Marco Polo resultó triunfal en muchos sentidos, no fue sin penurias, ni contratiempos: cárcel, traiciones, hombres perdidos, el deambular en tierras lejanas sin mapa ni pistas, hielo, arena, hasta que una vez llegado a China, las penurias del mercader más las rutas y hallazgos que hizo cambiarían no solo su vida sino al mundo.
Aunque buena parte de los viajes que significan algo para la humanidad, de aquellos llevados a cabo apenas efectuada la transición al Renacimiento, figura más la presencia de Cristóbal Colón que la de Marco Polo. Acaso porque si en algún momento la llegada de la pólvora aceleró el desarrollo militar de Europa, no sucedió lo mismo con los productos derivados de las diferentes industrias que también modificarían la historia.
Pese a todo, así como Marco Polo, Hernán Cortés en Las cartas de relación, de pronto refieren no tanto los pormenores de un viaje por sus minucias materiales. El cambio que involucra un escenario en constante transformación, como Conrad, Stevenson y Melville, estaba además de en el hecho de izar amarras, en la experiencia de partir de puerto seguro y que, en adelante, todo se convirtiera en un cambio de simensión de la percepción ordinaria.
Hay una parte del viaje de Marco Polo, en el que sus referencias fueron –que de ello poco se habla– las vagas referencias que llegó a captar de la vívida imaginación de Medio Oriente, hasta su llegada a China, pero delirando con universos de dioses cabalgando el viento hasta él y entidades etéreas que le rodeaban, como estrellas en la bóveda celeste.
Esa parte de Marco Polo, si bien se cuidó de esbozarla con la mejor de las propiedades, ahí está, reptando en el océano de cuanto alcanzó a escribir en sus viajes.
Aunque se trata de una figura mitológica, responsable de un cambio decisivo para Occidente, Marco Polo se ha desdibujado mucho del imaginario actual, gracias a la experiencia de una frontera inexistente. A fines de la década de 1990, Tan Dun, recién llegado a la escena musical china, se haría cargo de tomar su referencia para escribir una orquesta como pocas, ambiciosísima en concepción, aunque de un resultado económico digno de asombro.
En primer lugar, la versión de Tan Dun comprende cuatro libros del tiempo y el espacio (invierno, primavera, verano y otoño), divididos a su vez en tres viajes: físico, espiritual y musical. En cada uno de ellos se encuentran Dante, Rustichello, Shakespeare, Scherezada y Khublai Khan, en lo que representa el proceso de descubrimiento de Marco Polo en medio de una empresa comercial que le representaría la vida misma.
A medida que evoluciona la obra, las sombras del medioevo chocan contra las de una China modernísima en la que si bien entra Marco Polo, se debe a que no es el mismo hombre que partió de un puerto en Italia desde la Piazza, para llegar a la gran muralla china, donde su viaje encuentra reposo.
Como pocas, la aventura de Marco Polo se encuentra muy bien representada en el trabajo de Tan Dun, quien a su vez, pese a un origen chino con todas las de la ley, fue educado en un ambiente heterogéneo que incidió en su visión de las cosas.
Más adelante, ese universo fabuloso que parece alcanzó su máxima expresión en esa obra, se volvió hacia la musicalización de filmes cuyo contenido de origen por completo tradicional, han sido el sello definitivo para la mejor y fiel representación de una obra vasta, pero que después de Marco Polo, no han tenido una aproximación similar.

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