Lo conocí entre las páginas de un libro y no porque compartiéramos la afición por leer. Era de patas cortas y, dados sus movimientos sobre el papel, se intuía que de ideas también; poca decisión tendría cuando recorría el mismo camino una y otra vez, siguiendo siempre la misma pauta. Su piel de crujiente quitina tenía el color del Sol y la arena: marrón, igual que las páginas del libro viejo. Se podía distinguir al insecto sobre ellas porque era algo más oscuro y tenía un punto negro en la parte superior de la que parecía su cabecita, del tamaño de la cabeza de un alfiler. Primero bajaba hasta el folio de la página y se quedaba parado allí, en el dos del 25. Después, como habiendo pensado qué hacer, subía por entre las letras, pisando algunas de ellas hasta llegar a la primera minúscula, que era la continuación de un enunciado que comenzaba en la página anterior.
No interrumpía mi lectura porque, al ser tan pequeño, dejaba entrever bajo su cuerpo la letra donde reposaba, y aunque en un primer momento tuve el instinto de sacudir el libro para hacerlo caer, me controlé y me quedé mirándolo mientras leía, distrayéndome de vez en cuando para observar el ritual de sus repetitivos paseos. No tenía ojos o, cuando menos, yo no logré verlos. Parecía más una bolita con patas que un insecto de los muchos que yo he visto. También tenía una especie de pico negro que apuntaba hacia arriba y que movía un poco cada vez que se quedaba quieto, el cual, supuse, usaba para respirar.
Si el libro me hubiese parecido interesante, seguro el bicho habría muerto aplastado al pasar yo la página para leer la siguiente, pero para su suerte sus idas y venidas sobre el papel me parecieron más dignas que la narrativa, así que empecé a prestarle atención a ese ser diminuto hasta comprobar que siempre su paseo, con sus respectivos descansos, era del dos en el folio al primer renglón y del primer renglón al dos en el folio, por el mismo camino y pisando las mismas letras.
Me fijé en las palabras que se formaban con las letras que tocaba y, sin dar crédito a lo que veía, descubrí que la primera era “hola”. Sonreí y, con mi boca muy cerca del papel, susurré yo también un “hola”, deseosa de que sus siguientes movimientos me confirmaran que ese saludo había sido casualidad y nada más. Pero no fue así, porque la siguiente palabra que sus pies trazaron fue “sígueme”, tras lo cual regresó a su habitual dos.
Pasé a la página dos, con cuidado de no aplastarlo, en busca de la respuesta a lo que quería decirme aquel ser tan peculiar. Pero esa página estaba en blanco. Me quedé mirando al bicho de nuevo y seguí sus movimientos para comprobar que siempre decía lo mismo: “hola” y “sígueme”.
Así debí pasar horas observándolo, perpleja.
Hace ya mucho –creo– que nadie me viene a ver ni me llama por teléfono. No tengo hambre, por lo que creo haber comido ya. Tampoco tengo sueño. No sé qué hora es. Solo me levanto a veces de la cama para dar largos paseos y, cuando me canso, me siento en una mecedora curva y con una pata plana, respiro y vuelvo a caminar, pero nunca encuentro a nadie por el camino.

*María Mañogil Feliciano:
come, duerme y se cabrea. Escribe en Cinco Centros y Pillaje Cibernético.
“Bichos” forma parte de la edición de octubre 2016 de la revista electrónica Letras Raras, su inclusión en “Maldito Vicio” es una aportación de las editoriales Sad Face y Elementum. Letras Raras recibe colaboraciones en [email protected]

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.
“¿Qué me ha ocurrido?”, pensó.
No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de paños desempaquetados –Samsa era viajante de comercio–, estaba colgado aquel cuadro que hacía poco había recortado de una revista y había colocado en un bonito marco dorado. Representaba a una dama ataviada con un sombrero y una boa de piel, que estaba allí, sentada muy erguida y levantaba hacia el observador un pesado manguito de piel, en el cual había desaparecido su antebrazo.
La mirada de Gregorio se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo lluvioso –se oían caer gotas de lluvia sobre la chapa del alféizar de la ventana– lo ponía muy melancólico.
“¿Qué pasaría –pensó– si durmiese un poco más y olvidase todas las chifladuras?”
Pero esto era algo absolutamente imposible, porque estaba acostumbrado a dormir del lado derecho, pero en su estado actual no podía ponerse de ese lado. Aunque se lanzase con mucha fuerza hacia el lado derecho, una y otra vez se volvía a balancear sobre la espalda. Lo intentó 100 veces, cerraba los ojos para no tener que ver las patas que pataleaban, y solo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el costado un dolor leve y sordo que antes nunca había sentido.

*Praga, 1883-Kierling, Austria, 1924
Escritor checo en lengua alemana cuya obra señala el inicio de la profunda renovación que experimentaría la novela europea en las primeras décadas del siglo XX.

Los #insectos son los seres vivos más abundantes del mundo y solo se ha descubierto 20 por ciento

@barbiebiologa

 

Comentarios