En estas vacaciones navideñas mi esposa y yo nos atrevimos a alquilar por unos días un piso de millenials. Fue toda una aventura, porque nosotros dos somos boomers y estamos identificados con espacios y tecnologías diferentes a los de esta generación, que correspondería a la de los hijos o nietos de la propia.

Nos encontramos, pues, en un piso turístico que se encontraba cerca del centro de la ciudad X, aunque en una callejuela estrecha con una rampa pronunciada en la que era imposible dar la vuelta en carro, con lo cual los Uber que tomamos tuvieron que echarse marcha atrás con gran habilidad, destreza y peligro.

La puerta del bloque de pisos, todos ellos eran contratados por Airbnb, se abría mediante una contraseña, la llave extra, por si se perdía la que nos daban, se encontraba en una cajita pequeña cerrada, que se hallaba en un pequeño armario empotrado en una pared del entresuelo, y que se abría a través de otra contraseña que nunca nos dieron.

El señor que nos recibió no nos explicó mucho del funcionamiento de los aparatos y muebles del piso. Imagino que creía que aquello era muy fácil y no hacía falta mayor explicación. La cosa es que un boomer siempre necesita instrucciones para enterarse de algo, un millenial no, claro.

Eso sí, tuvo la amabilidad de indicarnos cómo funcionaba el ascensor y como se abría la puerta de entrada del apartamento. Vamos, de lo que menos instrucciones necesitábamos, que para pinchar botones de ascensor y abrir puertas de la calle que no dan a la calle nos pintamos solos mi esposa y yo.

Nuestro primer tropezón con la casa fue comprender como se subían y bajaban las cortinas. Nosotros nos preguntábamos dónde estarían las cadenas para abrirlas, pues no había. Eran eléctricas y al lado de la cama, confundidos con otros, estaban los interruptores para activarlas.

Nuestra segunda ignorancia fue con respecto a un equipo de música que no pudimos encender hasta que por casualidad Rocío, creyendo que era un interruptor de la luz, lo bajó y sonó música procedente del aparato.

Después batallamos con los armarios, que era imposible abrirlos y que no tenían picaportes por ningún lado. Dos días nos llevó enterarnos que se abrían empujando las puertas, pues llevaban en su interior una especie de muelle.

El acabose fue cuando quisimos hacernos un café en la expressi machine con algunas cápsulas que gentilmente los dueños del pisito habían dejado para nosotros. Que si estos para arriba, no así no. Que si estos para abajo, así tampoco. Que si lo abrimos y lo echamos. Eso es una barbaridad. Al final, era de lado mirando a nuestra cara de bobos. Pero terminamos aprendiendo y bebiéndonos unos cafés bien ricos.

Como ven, hicimos un curso acelerado de pisitos millenial. Después de esto, creo que volver al mío, que es boomer, fue una bendición: no había contraseñas, las persianas se subían y bajaban con sus cadenas, el equipo de música se encendía con el mando a distancia, las puertas se abrían y cerraban con sus picaportes, el café se hacía en la olla con su piloncillo.

Después de la experiencia que tuvimos le estoy insistiendo a Rocío que antes de contratar un pisito turístico compruebe que quien lo alquila es boomer. Lo contrario es exponerse a la propia ignorancia. ¿No creen?

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