El primero de julio está cada vez más presente en la preocupación, discusión, análisis, reclamo, estado de ánimo, deseo de mantener o cambiar las cosas de la sociedad mexicana. Las coordenadas que articulan esa participación son diversas, pero sin duda, entre las más significativas están: la desesperanza, la desilusión, el hartazgo. En primer término, tenemos cerca de la mitad de la población viviendo en la pobreza, donde el modelo económico-social no les ha ofrecido alternativas para que alcancen condiciones básicas de bienestar. Ciertamente, esta administración ha generado más empleo que las dos anteriores, sin embargo, la calidad salarial de esos empleos se ha visto seriamente afectada. Hay más trabajo, sí, pero sin calidad salarial, un trabajador que percibe un salario mínimo se encuentra en la línea de pobreza, de tal manera que entre 2012 y 2014 la pobreza en el país aumentó en dos millones de personas, al pasar de 53.3 millones a 55.3 millones, entre las dimensiones más afectadas por el incremento de la pobreza están educación, salud, seguridad social y alimentación. La pobreza ha provocado desesperanza, pero también la emergencia de la que parece ser una nueva cultura política que busca canalizar la energía social y política, a lo que Tocqueville denomina “la masa de nociones, opiniones e ideas que conforman los hábitos del espíritu”.
La desilusión, es más un estado de ánimo alimentado por el desprestigio, la corrupción escandalosa que provoca que México sea considerado como uno de los países más corruptos del mundo, de acuerdo con el Índice de Percepción de la Corrupción 2017, el país ocupa el lugar 135 de 180 países evaluados. La desilusión, el miedo, la descomposición social, atraviesan el largo continente de la conciencia del país. La desesperanza, el miedo desmovilizan y pueden dar paso a lo que el ensayista Ricardo Cayuela, enfático, ha expresado, una sociedad “permisiva al quebrantamiento y una autoridad que cotidianamente, en todos los órdenes de gobierno, nos demuestra que la ley es un elemento, digamos, negociable”. Que podemos hacer frente a ese sentimiento, avanzar en lo que el estudioso y polémico politólogo norteamericano Francis Fukuyama denomina los tres pilares que se requieren para ser una nación de la dimensión de Dinamarca: la transparencia y rendición de cuentas; una burocracia capaz y eficaz; y un sólido Estado de Derecho.
El hartazgo es quizá la parte más precaria y fragmentada de la incipiente transición democrática, esa percepción encuentra múltiples razones, desde que inició la alternancia en el 2000, no ha ocurrido ningún viraje importante en la política económica y social; en contrapartida, la pobreza crece, la precarización salarial se mantiene y aumenta; la violencia y narcotráfico han sumergido al país en una espiral de muertos, estamos por llegar a los 30 anuales y lo más grave es que año con año esa cifra se incrementa. Esa crisis está potenciada por una policía abusiva, corrupta, ineficiente, muchas veces vinculada a los intereses del narcotráfico. Hay hartazgo por la Casa Blanca, Malinalco, Ayotzinapa, el socavón, la “Estafa maestra”, gobiernos corruptos hasta el escándalo, ejemplos sobran. Partidos políticos sin capacidad autocrítica, con un pasado autoritario que conservan, sin ideas que propongan una visión original o novedosa de México. Los partidos políticos nos sumergen en la más plana grisura, no proponen nada nuevo, interesante, nada imaginativo. Los partidos frente a la crisis están desarticulados, desmovilizados, son incapaces de construir credibilidad. Muchos ciudadanos pueden hacer suya la voz de que ningún partido o candidato los representa, pero es necesario recordar que sin paridos políticos no hay democracia. Esa es la hidra mexicano, un monstruo interno, también externo que debemos enfrentar y, como Heracles, cauterizar con fuego las heridas de ese monstruo-dinosaurio que se niega a morir.

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