Lol Canul

La última semana se ha centrado la atención en la iniciativa para declarar como patrimonio cultural inmaterial las peleas de gallos. Entre la polémica generada y los varios argumentos legales, educativos, científicos, bioéticos que sirven de oposición a ella, de manera particular me interesa el tema de cómo la cultura de la violencia se establece por medio de prácticas como esta.

Para empezar, hay que aclarar que identificamos como cultura inmaterial al conjunto de conocimientos, ideas, creencias, prácticas, tradiciones, costumbres, hábitos e incluso la lengua; elementos generados a través del desarrollo histórico de las sociedades que guardan las pautas de comportamiento, el orden y normas que cada miembro de la sociedad debe seguir. Todo ello es aprendido por el contacto con otros miembros de la sociedad, en el seno familiar y a través de la educación (que como he mencionado en anteriores columnas, también es social) y cada cultura cambia de acuerdo al momento histórico y espacio geográfico.

Algunos de esos elementos culturales pueden haber sido desarrollados en los márgenes de la violencia. Ahora, la violencia es entendida por aquellas conductas que, por el uso y abuso de poder, pretenden controlar la voluntad y comportamiento de otro ser (humano o no humano), que tiene la intención de dañar, se naturaliza tras volverse sistemática, es dirigida a grupos que son o se perciben vulnerables y puede ejercerse por hecho u omisión.

Las peleas de gallos no son una costumbre originada en nuestro país y ni siquiera en nuestro continente, se tienen registros antiguos de suceder en Asia algunos siglos antes de nuestra era. Los gallos y gallinas fueron introducidos a nuestro continente gracias a los españoles a partir de la conquista y, por tanto, las peleas de gallos fueron un contagio cultural; actualmente representa una práctica construida en torno a la explotación, abuso y maltrato animal puesto que sus objetivos son la diversión, ocupación y enriquecimiento humano.

Si bien es probable que la vida de los ejemplares usados en la pelea tengan una crianza de sumo cuidado según su naturaleza animal, el objetivo de su vida, que es la pelea, lo hace culminar en un suceso claramente violento, cuando el abuso de fuerza y poder humano obliga a los gallos a una lucha por su propia vida, en un ambiente no natural sino artificial, con un trasfondo de creer que nuestra especie humana es superior (en inteligencia, fuerza o dominio) a cualquier especie animal; en varias ocasiones, la pelea de gallos culmina en la muerte de alguno de los participantes o la gravedad de heridas en uno o ambos contendientes.

Además, de acuerdo con los estudios sobre violencia social identificamos que existe violencia visible, que es la física y más fácil de identificar, así como violencia invisible, que por sus características es difícil de identificar, visibilizar y atender; y por otro lado encontramos la violencia estructural y cultural, por la parte cultural comprende todos los símbolos, actos simbólicos y prácticas cotidianas que muestran a la violencia como algo natural, que sucede porque así son las cosas, como una manera de resolución de conflictos o de funcionamiento social. Si una práctica en la que los participantes (humanos o no) se baten en una lucha de vida a muerte y sirve como medio de subsistencia y goce humano, se convierte en un medio de naturalización de la violencia e insensibiliza a la empatía y la alteridad, además, si es un suceso que se repite, los efectos se vuelven sistemáticos. Esto explica de dónde se contagian las formas de violencia social como la discriminación racial, de género, de clase y de especie. Cabe mencionar que si se naturaliza la violencia hacia un sector, eso sirve de factor que facilite o fomente la violencia hacia otros sectores de la población.

En una sociedad con los índices de violencia registrados, que busca la construcción de mejores condiciones de vida para sus miembros, donde legislaciones y acuerdos incluyen como parte de los objetivos internacionales la erradicación de la violencia en un enfoque de derechos humanos, permitir que las prácticas de violencia como las peleas de gallos, de perros e incluso que las corridas de toros continúen, alimentan la cultura de violencia en la que nos desarrollamos. Vale la pena cuestionar si con todo eso, además, debemos perpetuarlas blindándolas de su regulación por maltrato a través de convertirlas en patrimonio cultural inmaterial.

Twitter: @lolcanul

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