De acuerdo con el Instituto Nacional de Geografía e Informática —con todo y que las cifras están subregistradas—, a lo largo de toda la historia moderna de México, 2016 rompió el récord de homicidios.
Las cifras absolutas —casi 24 mil asesinados por año— del tipo más brutal de violencia que continuará creciendo en los años que están por venir, incluso, han modificado significativamente la esperanza de vida de los mexicanos, principalmente en el caso de los hombres.
En 2016, con datos oficiales es escalofriante la realidad mexicana: 66 asesinados al día o tres homicidios por hora. De manera específica y para ubicarnos en el contexto mundial histórico, según la resolución aprobada por los países miembros de la Organización de las Naciones Unidas el 13 de septiembre del 2000 en Nueva York:
“Los hombres y las mujeres tienen derecho a vivir su vida y a criar a sus hijos con dignidad y libres del hambre y del temor a la violencia, la opresión o la injusticia. La mejor forma de garantizar esos derechos es contar con gobiernos democráticos y participativos basados en la voluntad popular.”
¿Quién es el culpable de la situación cotidiana de la violencia? El tipo de gobierno cavernícola que nos conduce y nos ha hecho perder el tiempo al no acatar este ordenamiento mundial, pues hoy continúa creando las condiciones perfectas para seguir triturando a la inerme población.
Entre algunas cosas más, tenemos que evitar otra de las causas estructurales y dejar de escuchar los bombazos altisonantes de la publicidad de la violencia en la televisión, la radio y la Internet, que son la escuela de nuestros niños y jóvenes, pues de esta tecnología están aprendiendo que viven en un país en guerra, plagado de corrupción, de hambre y de injusticia.
En 2016, Luciana Ramos Lira ha documentado la forma en que el Estado nacional mexicano está construyendo un discurso desde el poder, desinformado la violencia con el fin de hacerla visible, siendo esta a su vez también otra forma agresiva para castigar a la sociedad en general.
En fin, en referencia a la dimensión de la violencia, México se colombianizó, pues de acuerdo con John Esteban Gil Pineda (2017):
“La violencia es una tradición típica para la formación de los personajes políticos de la nación, donde, históricamente se da una amplia participación en la estructuración de la violencia homicida para alcanzar los objetivos particulares en determinados momentos políticos.”

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