“Los demonios andan sueltos y han triunfado”, sentenció Mario Ruiz Massieu en 1994, a propósito de los lamentables sucesos políticos de ese año (los asesinatos del candidato presidencial del PRI Luis Donaldo Colosio y el de su hermano, cuñado de Carlos Salinas de Gortari y presidente del PRI, Francisco Ruiz Massieu).
Hoy, podríamos afirmar que estos “demonios” gobiernan el país, personificados en las hordas políticas que dirigen los gobiernos locales y nacionales, pero también los empresarios mediáticos que promueven todo, en un insaciable gusto por el poder, político y económico.
Basta repasar la agenda mediática del día a día para darnos cuenta que cada vez más la información es basura, flor de un día, que entretiene (o más bien anestesia y paraliza) y fomenta el miedo, ambos atributos-base de la apatía y de la desmovilización política.
Esta afirmación no es temeraria, es real. Hace unos días, el 18 de enero para ser exacta, el último hecho “inexplicable” fue el asesinato y suicidio que ejecutó un escolar de apenas 15 años en Monterrey. Ni siquiera falta dar más detalles. Casi todos sabemos algo del tema.
Los medios, cuando encuentran casos “espectaculares”, “violentos”, “rojos”, se encargan de que ocupen todos y cada uno de los espacios impresos, electrónicos o digitales disponibles. Nos muestran hasta la saciedad “detalles”, pero no nos explican posibles causas y soluciones. Nos entretienen con acciones “parche”, como la “célebre operación Mochila” o la instalación de detectores de metal en la entrada de los colegios privados, como en nuestro estado. Eso sí, los opinadores y especialistas se “cansan” de recomendar a las madres y padres de familia sobre la atención que se debe dar a los hijos, a sus actividades, al uso de redes sociales.
En este alud de afirmaciones y sentencias, la conclusión es que la responsabilidad es individual, acaso familiar, pero social o política, nada. La afirmación del portavoz del Grupo de Coordinación de Seguridad de Nuevo León, Aldo Fascia, ejemplifica esta visión: “Hoy día los jóvenes tienen acceso a todo en las redes sociales, esto es producto sin duda de lo que vieron en redes sociales en otros países”, por lo que instó a los padres de familia a prestar más atención a sus hijos.
Mucho hay para reflexionar en torno a esta acción, sin duda, pero basta señalar que de pronto nos sorprende una realidad que con creces hemos tejido como sociedad en general, y que el Estado en particular fomenta, promueve e impone: es decir, producir, ganar y trabajar hasta la saciedad, en detrimento de los valores humanos como el amor, la atención, la familia.
No se puede culpar y señalar a los progenitores cuando todo el sistema económico, político y social se sustenta y nutre del individualismo, de la competencia, del egoísmo, generando aislamiento y soledad. No cabe la salud, el bienestar, la humanidad. Esos son “lujos” de un tiempo pasado. Se pondera y enaltece quien se muere por “trabajar”, por sacrificar todo en aras de proyectos irreales y perecederos, por “vivir” y “morir” para tener un reconocimiento, un puesto, la alabanza y la notoriedad.
Si en la década de 1970 los estudiosos de la comunicación alertaban sobre la influencia negativa de la televisión en la educación infantil y señalaban el nulo papel del Estado como rector de contenidos, ante lo que vemos y vivimos hoy en cuanto el ser y hacer de los monopolios de medios, esa alarma era legítima, pero mínima, por lo que vendría después.
Hoy todo pasa por los medios y la ilusión de este siglo es la información y contacto a su máximo nivel; sin embargo, eventos como el acontecido y otros tantos revelan que los beneficios de las nuevas tecnologías son menos que las sombras que se proyectan sobre sociedades como la nuestra que vive entre la premodernidad y la posmodernidad: con los signos alarmantes de corrupción y saqueo de gobernantes que sumen aún más al país en la pobreza y el rezago; con la idea de que hacer y tener es más importante y trascendente que ser (una buena persona, un ser íntegro, por ejemplo); con el aislamiento creciente ante las dinámicas de trabajo y de vida productiva; con la falsa idea de estar en cualquier lugar y en todas partes mientras que la realidad es que vemos y percibimos lo que los monopolios quieren, entre muchas otras realidades.
La sorpresa, entonces, resulta una verdad de Perogrullo: ¿qué nos espanta si hace 35 años con las medidas económicas apostamos por un modelo de sobrevivencia que impuso la competencia descarnada por un trabajo, por un puesto, por sacar a las cuidadoras del equilibrio familiar a ganar el sustento sin política social que supliera su invaluable contribución en lo material y sobre todo en lo emocional, por dejar en manos de los más ricos el destino del país, por permitir que los monopolios mediáticos compartieran el poder político para hacerse más ricos unos y otros?
El periodismo y los medios no son ajenos a este caos. Se vende el escándalo, se pondera la sangre, se señala sin ton ni son, pero no se analiza, no se investiga, no se ofrece información y argumentación para emancipar la opinión. Se divulga para vender, se manipula la información para estar bien con el poder, se crean falsos imaginarios colectivos sobre la verdad y responsabilidad de los sucesos.
Desde hace una semana, desayunamos, comimos, cenamos y soñamos este atroz hecho. Mañana o la siguiente semana tendremos nuevo “escándalo” que nos entretenga y obnubile la razón. La responsabilidad pública, política y moral de los medios no existe en este país. Es hora de exigir la actuación de los encargados de representarnos y se hagan valer las leyes en materia de contenidos. ¿Dónde está el alcance de las reformas en materia de telecomunicaciones? Los responsables deben responder frente a hechos que rebasan la responsabilidad de las madres y los padres.

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Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM y especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Periodista colaboradora en medios desde 1987. Defensora de lectores y articulista del diario Libre por Convicción Independiente de Hidalgo. Integrante del consejo editorial de la agencia de noticias Comunicación e Información de la Mujer AC. Docente universitaria desde 1995 en la UNAM. Profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo desde 2008. Integrante y cocoordinadora del grupo de investigación Género y Comunicación en la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación. Línea de investigación y publicaciones sobre periodismo, comunicación y género.