La mente prodigiosa que tiene el ser humano puede ser un laberinto interminable, un universo, o tal vez, una hoja en blanco. Cada persona tiene una forma distinta de generar ideas y es que cada uno de los pensamientos que tenemos devienen del conocimiento previo que se genera del pacto con la realidad misma, en un contrato donde las cláusulas nos permiten creer o no lo que leemos, lo que vemos, lo que escuchamos, incluso son atravesados por nuestros sentidos.

La obsesión al orden evoca a resguardar en una serie de gavetas dentro de nuestras mentes las memorias de lo que vivimos, permaneciendo unidas a nuestra forma de ser. Y así como hay corazones rotos, hay almas destrozadas, hay gavetas en las mentes que cerramos bajo llave; porque duelen, hacen arder nuestro interior, dejándonos caer en el caos, ese agujero negro que lo absorbe todo.

En un cajón que cuando se abre huele a moho, por toda esa humedad salada que deviene de las lágrimas del alma que se filtran. Porque ese recuerdo nos destroza y basta con apenas abrir el cajón que resguarda ese fantasma del pasado para desgarrar el pecho. Y la mente domina al portador, convirtiéndose en el botón de autodestrucción, acabando consigo mismo desde dentro.

Hablamos del exterior como si fuera algo ajeno, pero en realidad somos uno mismo con todo aquello que tocamos y más aún, con lo que nos toca a nosotros. Desde la aceptación o el rechazo que se genera de la vida misma. Así con cada uno de los episodios de esta, ante lo buena y lo cruel que puede ser, es que la mente abre y cierra puertas, gavetas con llave y cajones sin acomodar se van acumulando, dando como resultado nuestra personalidad.

No somos de nadie, posiblemente ni de nosotros mismos, ya que desconocemos gran parte de lo que en nuestros cerebros ocurre. Así abro la puerta a la vida de la escritora Virginia Woolf.

Virginia nació entre las nieves de Londres, Reino Unido, bajo el apellido de Stephen en 1882 (Biografías y vidas. La enciclopedia biográfica en línea, 2004). Desde su infancia, Virginia comenzó con una vida difícil, ya que era una niña no deseada, teniendo poca cercanía con su madre, quien muere cuando ella es una adolescente, generando una fuerte dependencia con su padre; tuvo una rivalidad con su hermana por la atención de su hermano, en casa no le permitían expresar sus sentimientos o su dolor y todo ello la llevó a generar una serie de inseguridades personales, como una enorme bola de nieve que se volvía cada vez más grande (Figueroa, 2005).

Con un historial familiar bastante amplio en cuanto a la herencia que acarreaba una serie de trastornos, partiendo desde su padre, su hermana, su tío; podría decirse que ya estaba predestinado que Virginia cediera al pequeño defecto que en su cabeza se ocultaba. Como un botón que ahí se esconde, hasta que llega el reactor que activa su propia destrucción.

Un acto tras otro, seguido de otro y así sucesivamente; se potencializaron como un bombardeo que derrumbaron la brecha de la realidad y lo imaginario en la mente de Virginia. Como subir a un tobogán: una vez que se deja caer, el final es inevitable.

La lectura le apasionaba, pero era su imaginación la que no podía detenerse ante la sobredosis de información, aumentando el sobrecargo de emociones; el resultado de esta ecuación era único, decir que era una lluvia de ideas sería subestimar el diluvio de opciones que le invadían la cabeza. Era necesario que ella sacara apenas un poco de todo aquello y encontró en sí misma un pequeño refugio, una serie de diálogos internos. Siendo así la marca indeleble en sus textos, pues se puede encontrar entre sus personajes una serie de situaciones a las que ellos mismos se responden una y otra vez (Figueroa, 2005).

La fascinación por la escritura deviene ante el incontrolable poder que descubrió en las letras, siendo estas un salvavidas para su cordura y se ancló a lo que creyó real. La vida de Virginia se encadenó en sus obras, se identificó en las tragedias que leyó, en el contexto de guerra en el que creció, pero sobre todo, en la causa principal de su trauma.

Los abusos a manos de su hermanastro, nadie sabe con total exactitud hasta dónde llegaron o el tiempo que duraron, pero se cree con mucha fuerza que posiblemente fueron esos abusos la cadena que arrastró durante el resto de su vida, la misma que la mantuvo atada a la cama, inconsciente de saber si fuera de su habitación la Luna brillaba o la lluvia saltaba (García Nieto, 2004).

La depresión la inundó en varias ocasiones, sus crisis parecían ser interminables, en un infierno donde su mente jugaba con ella, donde su cuerpo no respondía, su memoria se perdía entre miles de caminos creados por su propia imaginación, como rutas de escape que se le salieron de control y la vida se volvió un suplicio; las crisis llegaban sin avisar nunca. La medicación en su tiempo no era efectiva, su diario resguarda entre sus páginas sus palabras, sus deseos, sus delirios que llegaban y se desvanecían.

Enjaulada en casa, encerrada en su mente, pequeña e insegura. Una mujer que no podía ni con su imagen al espejo, perdió la brújula de su camino, andando como en automático, la guerra en su cabeza llegaba y así de rápido su mente tomaba las riendas de su vida. En un estado de altos y bajos repentinos, que destruyeron su manera de relacionarse.

Se casó con Leonard Woolf, quien también llevaba una serie de anotaciones del estado que tomaba su esposa (Biografías y vidas. La enciclopedia biográfica en línea, 2004). Sus intentos en la consumación de su matrimonio abrían la puerta del dolor fantasmagórico que acompañaban a Virginia, perdiendo su estado de consciencia a manos de sus ideas.

Virginia no pudo con la presión, las crisis, el estilo de vida que le obligaba llevar su enfermedad. Una camisa de fuerza le ataban la cordura y su trastorno bipolar la volvía peligrosa hasta para ella misma. A pesar de todo, sus textos resguardan gran parte de su manera de ser. Sus libros se convirtieron en una puerta que lleva al lector a echar un vistazo al interior de la mente y el alma destruida de Virginia Woolf.

Uno podía dejar de ser lector para convertirse en personaje y al mismo tiempo caer en la idea de que estaba bajo la piel de la escritora. En un éxtasis delirante como la misma Virginia, una mujer que amó sin límite y es el 28 de marzo de 1941 que ella cede, la fuerza no es de quien vive, sino de aquel que toma decisiones; por lo que ella decidió morir en las aguas del río Ouse (Biografías y vidas. La enciclopedia biográfica en línea, 2004).

“No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”

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