Da más fuerza saberse amado que saberse fuerte, expresión que, sin duda, haría suya la neoyorquina, literata y crítica literaria Susan Sontag; ella amaba las palabras, las letras, las ideas porque en ellas habita la cultura, el mundo que compartimos, la libertad de hacer una nueva realidad, ellas son nuestra libertad rebelde. Sontag fue una escritora vinculada a México, a través de su amistad con Carlos Fuentes (incluso los restos de ambos descansan en Montparnasse, París). Mujer suave y beligerante a la vez, su escritura expresó convicciones, madurez, claridad y sobre todo congruencia. Junto al premio Nobel alemán Thomas Mann, de quien fue discípula, rechazaron al fascismo como la “estetización de la política”, como lo había caracterizado Walter Benjamín. Condenó también la presencia de su país en Vietnam. Sontag sabía que las letras son las ideas que nos hacemos de nosotros mismos de nuestro tiempo, de nuestro pasado y de nuestro porvenir, con ellas nombramos al mundo y le damos voz al ser humano. También significan poder, con ellas se puede denunciar, cuestionar, criticar los excesos, ser contrapesos del poder, como lo hizo Hannah Arendt, en un ensayo periodístico que publicó en 1963. En esa crónica sobre el juicio a Adolf Eichmann, la filósofa judía indicó la colaboración de las víctimas (judíos) con sus ejecutores, los nazis. Este severo señalamiento fue duramente recibido y brutalmente criticado por la comunidad judía. Arendt optó por la dureza, la severidad, pues es posible matizar y entender, en esa circunstancia específica, el colaboracionismo. Sin embargo, lo que interesa destacar es la ética y el valor de la palabra, la voz del otro, el otro soy yo, si me dirijo hacia mí mismo debo pasar por el otro. El otro es un elemento constitutivo de la realidad total.

Las voces de Sontag, Arendt y muchas más hoy son indispensables en momentos en que el populismo, el autoritarismo y la regresión democrática amenazan con cancelar la libertad. Hoy estamos frente a una nueva realidad, la democracia puede fracasar a manos de líderes electos democráticamente, de presidentes o primeros ministros que desconocen, violentan, subvierten el proceso mismo que los condujo al poder. “La paradoja trágica de la senda electoral hacia el autoritarismo es que los asesinos de la democracia utilizan las propias instituciones de la democracia de manera gradual, sutil e incluso legal para liquidarla” (Levitsky y Ziblatt, Cómo mueren las democracias). En esta lógica, las palabras y las letras juegan un importante papel: el lenguaje del odio, la descalificación, la polarización son una peligrosa ruta porque pueden acabar con la democracia. La pregunta que salta a la vista es: ¿Qué puede (y debe) hacer una sociedad, sus ciudadanos para evitar que los demagogos se hagan del poder? La politóloga Nancy Bermeo plantea varios puntos, entre los que sobresalen: Mantener a los líderes potencialmente autoritarios fuera de las listas electorales en época de elecciones, los partidos pueden escardar de raíz a los extremistas que pueblan las bases de sus filas, los partidos prodemocráticos pueden eludir alianza con partidos y candidatos antidemocráticos, los partidos prodemocráticos pueden adoptar medidas para aislar sistemáticamente a los extremistas en lugar de legitimarlos, por último, cuando los extremistas se postulan como serios contrincantes electorales, los partidos generalistas deben forjar un frente común para derrotarlos. Un frente democrático unido puede impedir que un extremista acceda al poder lo que puede ayudar a salvar la democracia.

Frente a este largo listado, con cierta desesperanza, nos preguntamos qué partidos políticos necesitamos: partidos democráticos con espíritu y voluntad de diálogo, autocríticos, con capacidad reflexiva y constructiva. De igual manera, se requiere una sociedad civil crítica de las instituciones públicas y privadas, capaz de ofrecer soluciones y alternativas para una prosperidad real. Qué tenemos: partidos políticos con tentaciones autoritarias, con agendas regresivas, inmediatistas, insuficientes, electoreras, clientelares, con promesas de soluciones fáciles, conservadoras, confesionales. Los partidos políticos están habitados por el escándalo, la corrupción, propuestas demagógicas. Todo lo que no necesitamos. Por otra parte, qué sociedad tenemos: en primer término, una sociedad dividida, la mitad de la población vive en pobreza, una sociedad desaparecida, racista, indiferente, acomodaticia, también es cierto que junto a esa sociedad emerge otra que se moviliza por los derechos civiles, adormecida, insuficiente, pero emerge. Por eso siempre es saludable visitar a Susan Sontag

Susan Sontag

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