El 13 de septiembre se conmemoraron 50 años de la Marcha del Silencio que encabezó el ingeniero Javier Barios Sierra y que expresaba el momento de la libertad, el de los derechos y garantías formales y reales, de la igualdad, la búsqueda insaciable de la universidad para hablar con la sociedad, escucharla, descifrarla, impulsar todas las acciones y empresas, lo que hacemos y soñamos, ser puente para romper la separación y unirnos al mundo y a nuestros semejantes. La universidad “necesita también contacto con la existencia pública, con la realidad histórica, con el presente, que es siempre un integrum”. “La Universidad tiene que estar también abierta a la plena actualidad; más aún, tiene que estar en medio de ella, sumergida en ella” (Miguel León-Portilla). Dinámica, tolerante, libertaria, este enorme edificio pensante y cultural nos ha enseñado mediante el diálogo a enriquecer nuestra propia posición, a modificarla para que pueda ser resultado de múltiples interacciones, lo que nos lleva un nivel de diálogo inteligente, sentido intelectual entre diferentes.

Si por un momento realizáramos un ejercicio de abstracción y buscáramos mirar a México sin las universidades públicas, encontraríamos un país parco, hosco, sin conceptos, desértico, sin proyecto de nación. La universidad ha reivindicado para todos el universo de la erudición, la recuperación de la memoria social, el mundo de la política y la deliberación, la educación que transforma la manera de observar las cosas, cambio que es indispensable para modificar la realidad. Su generosidad es inagotable, en ella, a partir de la meritocracia, caben todos en ese espacio sin fronteras. La universidad es el mundo de la globalización, pero también de lo local, de la comunidad más íntima, su responsabilidad es ser defensa y ejemplo de inclusión. No existe institución más generosa, humana y humanizante que ese espacio libertario, de razones, imperio de las ideas.

En ese contexto, la pregunta obligada es: ¿Por qué las universidades públicas del país han sido abandonadas, asfixiadas financieramente, atacadas en su autonomía, como es el caso de la de Hidalgo? Hoy, al menos 10 instituciones universitarias se encuentran en quiebra financiera, no cuentan con los recursos suficientes para sostener el sistema de pensiones y jubilaciones. Ha existido, hasta ahora, una política de indiferencia, irresponsabilidad, abandono financiero hacia ellas. Ese comportamiento supone que la inteligencia, las ideas y el pensamiento que habitan en las universidades deben apostar por el libre mercado y sus leyes, por las virtudes del liberalismo económico. En el otro extremo se encuentran los universitarios quienes se encargan de recordarle al Estado mexicano su compromiso y obligación frente a la educación pública, porque la universidad pública de la nación sirve para entender la historia, los acontecimientos definitorios, su eterna fascinación por la ciencia y la tecnología, la universidad observa el universo desde un mirador ideal en donde se dibuja secretamente el rostro perplejo y fascinado de nuestro tiempo, de todos los tiempos.

La universidad realiza lo que Goethe indicó como la obra que todo hombre debe emprender consigo mismo: la de despojarse de la índole confusa y bárbara por medio de la cultura, “este es el fondo del problema educativo: la formación del hombre para dignificarlo mediante la virtud intelectual” (Gastón García Cantú). La obra intelectual de la universidad es inmensa, profusa, profunda y generosa, sus aportaciones son poliédricas, están en todos los espacios y tienen consecuencia en todas las esferas de la vida humana. Es posible que una de las contribuciones más significativas de la universidad sea el icónico y ya referido año 1968; en un lúcido y brillante texto, el académico Ariel Rodríguez Kuri revisa la relación simbiótica entre los Juegos Olímpicos y los acontecimientos del movimiento estudiantil que tienen su colofón el 2 de octubre, estos, sostiene el ensayo, fueron dos procesos no opuestos, sino complementarios, en medio de la entusiasta participación ciudadana, los estudiantes pusieron en el centro de sus demandas el ejercicio de libertades políticas y civiles que tendían los necesarios puentes hacia la transición democrática. Si junto a la emotiva vitalidad social, el entonces presidente Díaz Ordaz, se hubiera reunido y dialogado con el Comité Nacional de Huelga (como lo hizo recientemente el rector de la UNAM, con los estudiantes del CCH Azcapotzalco) el resultado hubiera sido la marcha a la transición. El 2 de octubre fue para los jóvenes y los mexicanos, en el corto plazo, una derrota, porque impactó en el corazón de la esperanza social, sin embargo, la transición democrática, la transformación estructural de la sociedad es resultado de ese movimiento. Con esa interpretación, los universitarios exigimos a los gobiernos federal y estatal el tratamiento financiero justo que la universidad pública merece y exige. Contar con presupuestos multianuales que aseguren el comportamiento creciente del presupuesto dedicado a la educación superior, ayudará a sanear financieramente a las universidades del país.
“Ciertamente, la universidad aún no ha dado al pueblo todo lo que debe darle, pero su marcha es ascendente y eso no solo se dice sino que se comprueba diariamente. ¡Viva la discrepancia, porque es el espíritu de la universidad!” (Javier Barros Sierra). En esas rutas postergadas, donde hay huellas sangrientas, la universidad pública ha sido acantilado, arco inmenso, la otra orilla del pensamiento, laberinto de vientos íntimos, las sílabas de nuestro espíritu.

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