Antonio Madrid

Las notas de “Jesusita en Chihuahua” sonaban con toda su coquetería y verdad de Dios que alegraban el corazón, aunque no sé si más que el inquietante aroma de los elotes asados y hervidos que vendía don Malaquias Quiñones y que había vendido siempre –al menos desde que yo tenía memoria– o la pura dicha de estar viendo a Vicky, así fuera a lo lejos.

Lejos quiero decir más allá de los puestos de garnachas, cuyos anafres humeaban, entre nerviosas mujeres de brazos gordos y delantal cuadrado, que iban de un lado para otro frenéticamente buscando atender a todos los clientes que iban desde sombrerudos malencarados, hasta chamacos de jeans y tatuados de los brazos. Pero no se daban abasto y entonces sudaban copiosamente y hacían tremenda alharaca gritando: “unos molotes para acá”, o bien “hey, doña, le dije que las tostadas son sin queso” y así por el estilo.

¿Que quién era Vicky? Vicky era la muchacha más preciosa que había sobre la Tierra. Menudita, de andar ondulante y rostro de niña –tenía unas pecas que me volvían loco–, cabello ondulado y carácter tierno. Bueno, eso suponía yo, porque nunca la había tratado. Pero no me esquivaba. Antes bien, me lanzaba miradas coquetas que yo contestaba audazmente y me causaban un gozo enorme.

Era, por supuesto, como el lector ya podrá haberse dado cuenta, un 15 de septiembre y en Jilotepec, como en toda la patria, se festejaba con todos los honores y todos los ruidos y sonidos posibles el Día de la Independencia. Ya he dicho de la música, que ejecutaba primorosamente el mariachi Perla. El mariachi Perla, como todos los mariachis del mundo –quiero decir de México– son panzones y visten de negro. La primera voz era un señor gordo, como como todos los demás, con una voz que competía con la trompeta primera y de lo cual se enorgullecía. Era capaz de cantar a capela y se escuchaba como si tuviera micrófono. Siempre que se presentaban decían invariablemente, tras haber dado el nombre del grupo un “¡Sí señor!” a coro, que arrancaba aplausos. Ahora el tema había cambiado e interpretaban “Caminos de Michoacán”.

En mi pueblo se acostumbra dar vueltas en el jardín central. Una, dos, tres, cuatro, cinco, las veces que las piernas aguanten. ¿Para qué? Es solo una costumbre pueblerina. Se podría preferir ir al cine, pero no hay cine. O algún concierto, pero tampoco hay. ¿Bares?

Hay pocos en realidad, la mayoría son cantinuchas. Tampoco hay algún otro espectáculo que pudiera ser digno de admirarse. En cambio, la gente va a misa de las siete y media en tropel y saliendo de esta, sale y da vueltas en el jardín. Los muchachos entonces aprovechan para coquetear con las chicas –ahora se acostumbra decir con la voz gringa: flirtear–. Y ellas con ellos. En realidad no van a otra cosa más que a eso. Los adultos aprovechan para sentarse en una banca para –¿Qué más?– ver pasar a la gente. Las damas critican el vestuario de sus iguales y los caballeros solo las miran y las miran y las miran, cuidando que sus parejas no vean que las están mirando.

Esta era la última vez que don Gerencio Ternera daba el Grito durante su administración. Don Gerencio era un hombre chapado a la antigua y que por ser el cacique del pueblo había sido presidente durante varias ocasiones. La noche del Grito le gustaba lucir un traje de charro con botonaduras en oro. El señor era gordo y alto, de bigote. Parecía en realidad, una estampa del mexicanismo estilo Botero.

Las campanadas del reloj dieron las once y Joaquín Ternera, flamante secretario general del ayuntamiento, salió con el cabello engomado y enfundado en un impecable traje gris y corbata azul marino moteada a leer el acta de Independencia. Lo hizo como los dos años anteriores y otras tantas veces más que había ocupado el puesto, de manera perfecta. Tantas veces lo había hecho que casi se sabía de memoria el texto.

Después, don Gerencio, agarrando aire, lanzó las arengas. Él, al igual que el secretario, hizo lo mismo pero en sentido contrario, es decir, tuvo más equivocaciones que otros años, pues esta vez citó a Madero, en lugar de Morelos, a Pancho Villa en lugar de la Corregidora y poco faltó para que confundiera a Zapata con Hidalgo, que ya es mucho decir. A la gente, en realidad le importaban poco los personajes patrios y gritaba vivas con furor, mucho más tomando en cuenta que para esas horas la mayoría había ingerido alcohol como un verdadero cosaco.

Al terminar las arengas, doña Jesusita le pasó el cordel a su esposo Gerencio para tocar la campana, pero esta vez se cuatrapeó, pues al mismo tiempo tenía que ondear la bandera y el edil ondeo la campana y tocó la bandera. Es decir, hizo un verdadero desmadre patrio, por lo cual hizo una señal con índice de fuego y el himno nacional dejó de sonar como por arte de magia y en su lugar una lluvia de luces multicolores comenzó a caer en cascada por todo el balcón central de la presidencia, balcón que hay que decir, no medía más de ocho metros.

Pero donde la gente aulló de gusto fue cuando el castillo estalló jubiloso con todo su estruendo llenando el ambiente de luces multicolores, mientras que cohetes de los llamados “cañones”, se alzaban como queriendo alcanzar la negrura del cielo y estallando alegremente hasta formar una sombrilla de luces que iluminaba el cielo jilotepense y que provocaba la alegría de los presentes.

Ya después siguió la verbena y más y más y más y más, mucho más chupe.
Pero esa ya es otra historia.

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