Vivir así

527
vivir asi

Aquella tarde, al igual que muchas otras, desde hacía ya varios años, comencé a volver a vivir, no sin cierto estupor, aquellos cambios inexplicables que se habían venido desarrollando en mi persona dentro de aquel estrecho cuartucho ubicado en los suburbios de aquella caótica ciudad donde había llegado a hospedarme tras llegar de mi pueblo, ubicado en las montañas, a cientos de kilómetros de distancia, a buscar materializar mis sueños de éxito y fortuna, en algo que no estaba seguro de lo que sería a futuro, pero que significaba dejar atrás pasajes de marginación, pobreza, ignorancia y prejuicios ancestrales que cargaba como una pesada loza y que había momentos de crisis en que estallaba y sentía un temor parecido al niño que teme ser castigado por una madre furibunda tras haber cometido una travesura.

Pero los cambios seguían de manera espeluznante, aunque paradójicamente agradable también. Mi modesta cartera, que usualmente se encontraba con apenas unos cuantos billetes, de pronto al sacarla, la encontraba tan repleta que apenas me cabía en la bolsa del pantalón.

Quien ha bebido alcohol en exceso sabe que hay un punto en el que sus efluvios inhiben cualquier asomo de prudencia. Desde su lógica, seguir bebiendo parece una muy buena idea, la mejor opción: lo que sea parece menos importante. Se vuelve imperativo sucumbir, dejarse llevar a la deriva del ch2 ch2 oh. Ya después vendrán los dolores de cabeza, las consecuencias. La cruda que en ocasiones puede extenderse años, vidas enteras. De eso habla el Maldito Vicio en esta edición.

Voltee a ver, cual pillo que recién ha hurtado, para todos lados, esperando que nadie notara mi reciente y afortunado caudal, aunque en realidad no había nadie en la habitación, salvo yo mismo. La única figura humana aparte de mí, era la de un Cristo redentor que colgaba inmóvil de la pared.

También, como venía sucediendo a menudo, noté con euforia que mis zapatos descuidados y viejos de pronto se habían convertido en unos de marca, lustrosos, lo mismo que mi ropa, que de ser corriente y raída, había pasado a ser como la de aquellos maniquíes que había visto en la Cañamiel de Santa Fe, una de las boutiques más caras de la ciudad, en uno de mis múltiples recorridos por las calles en busca de un empleo que no llegaba, al menos no el que quería y me había tenido que conformar con otras ocupaciones menores que me proporcionaban apenas lo necesario para llevar un bocado a la boca.

Seguí sentado en aquel viejo sofá, parándome únicamente para ir esporádicamente al baño, sintiendo cada vez una euforia mayor, pues los cambios continuaban operando, provocando movimientos incluso en mi personalidad. Aquel muchacho huraño, con pesados traumas y lleno de dudas, había pasado ahora a ser un tipo preparado –con estudios de abogacía– que era capaz de discurrir sin mayor tropiezo sobre temas de política, filosofía y por supuesto, de leyes. Y sí, por si se lo estaban preguntando, había descubierto con azoro que ahora había comenzado a tener un inusual éxito con las mujeres.

Más aún, no sé bien si estaba conmigo o no, porque a decir verdad, por momentos ya no sabía yo distinguir entre lo real y lo absurdo, una mujer rubia, esmeradamente complaciente, la cual, siempre que se operaban los milagrosos cambios aparecía en mi departamento, ahora lujosamente amueblado a convivir conmigo durante largas horas. Bebíamos, charlábamos y nos sumergíamos en profundos besos que la mayoría de las veces terminaban en una bestial sesión de sexo, donde yo era un macho superdotado e incansable y ella apenas una muñeca frágil manejada a mi antojo como una hoja en una otoñal tarde en las campiñas de mi pueblo natal.

¿Cómo es que a gente que le había costado tantos años cambiar su estatus social, a mí me sucedía en tan solo unas horas?

Serví por enésima vez aquel líquido amargo y amarillento, que calmaba no solamente mi abrazadora sed, sino aquella angustia que aguijoneaba mi espíritu en un tormento que parecía no acabar jamás.

Entonces recibí la llamada de mi pareja. Llorando, me suplicaba que acudiera de manera urgente al hospital donde nuestra pequeña hija se encontraba hospitalizada por un tumor maligno, que venía aquejándola desde hacía varios meses y que la tenían al borde de la muerte.

No me culpen, pero en ese momento libré una intensa y feroz lucha por saber que hacer: ¿correr hacia el hospital a ver a mi única hija morir, o quedarme a disfrutar de lo nuevo y satisfactorio que resultaba para mí este cambio de personalidad que se daba en mí luego de varias horas de consumir alcohol?

Lo dudé varios minutos, tal vez casi una hora, pero no dejé de beber.
Embrutecido por el alcohol me quedé dormido, en aquel cuarto pestilente, con mi cartera vacía, mis pantalones raídos, mis zapatos viejos y con apenas dos semestres de estudio en leyes. Y sin compañía alguna, salvo aquel Cristo redentor que piadosamente parecía custodiarme desde su perenne hogar, en una de las paredes.

Cuando la luz del día me despertó, la resaca infame me obligó a ir hacia la botella para ingerir nuevamente y calmar las ansias que abrazaban mi estómago.
La llamada llegó malditamente puntual: “Tu hija ha muerto”.

Mi cuerpo entonces recibió una sacudida como de un electrochoque y las lágrimas no se me acababan en los ojos. Perdido en la desolación más absoluta, volví a repetir la dosis, hasta que nuevamente, para consolación mía, los esperados cambios comenzaron a operar en mí y poco a poco así dejar de ser un paria para convertirme en un hombre de éxito.

Hoy, después de tantos años, los rasgos de resentimiento me persiguen algunas noches. Entonces vuelvo a tomar ese líquido amargo y amarillento, que me hace pensar que soy otro. Y que mi hija murió, pero que no fue culpa mía, sino del destino. Del maldito destino y de la sociedad podrida, del gobierno, del capitalismo, de la gente, de los que más tienen y de los desposeídos que no son capaces de levantar la voz y mejor prefieren acudir a las drogas, por mucho que algunas sean legales, para convertirse en otros, en alucinaciones inexplicables y dolorosas, en lugar de luchar verdaderamente por operar cambios reales que lo hagan a uno progresar y ser mejor.

El Cristo redentor lo he conservado. Hoy, al igual que antes, su mirada baja, sujeta al sufrimiento, parece decirme sin una sola palabra que me comprende. Entonces vuelvo a ver a mi hija, que con sus bracitos extendidos me dice que soy su papi, y que no me guarda rencor y que si se fue, fue para estar con el Cristo redentor, donde ahora está mucho mejor que acá, donde le tocó nacer sin fortuna y sin nada.

“Adiós papá”, me dice y entonces abro otra botella, para olvidarme de todo y comenzar de nuevo esta milagrosa transformación.

Antonio Madrid

Originario de Huauchinango, Puebla, es licenciado en ciencias de la comunicación, apasionado de la narrativa, ha publicado cuentos de corte costumbrista en revistas y periódicos de Puebla y Veracruz. También ha ejercido el periodismo en el género de crónica y columna.

Comentarios