La misma persona que distinguía lo fantástico de lo maravilloso y así lo usó Italo Calvino por su capacidad instrumental para organizar la edición de los Cuentos fantásticos del XIX, con esa misma fildelidad y lucidez, dedica dos capítulos de su trabajo en Vivir solos juntos a Stendhal y Beckett para explayarse sobre las dimensiones de la dignidad humana.

Todorov, antes que lingüista y especialista en letras, precisamente por su comprensión de la literatura como el escenario donde se encuentra el límite de la conciencia del ser humano en su más pura actualidad y sentido universal, en Vivir solos juntos hace un llamado a la biografía de Edward Said, quien como él, se especializó en letras y a la par que él, en la disciplina encontró la responsabilidad con la humanidad en su más amplia acepción.

En primer lugar, el libro trata de manera concéntrica sobre la conciencia del otro, un tema de suma importancia para el autor, que abordó y desarrolló a conciencia en La conquista de América; no obstante, para Vivir solos juntos el eje central del libro es la conciencia ética que defiende la dignidad del otro y es además capaz de hablar e interceder por ella.

Todos y cada uno de los textos de Todorov son abiertos llamados a la lectura sensata y paciente de conceptos que se asumen bien entendidos, pero una vez se lee o relee al autor ruso, la sorpresa obliga al examen sensato de las omisiones sobre las que enfatiza el escritor. Ante todo un pensador universal, el trabajo minucioso de sus propuestas atiende implicaciones que conforme se desarrolla el corpus de su investigación, resultan aportaciones extradisciplinarias además renovadoras en los campos de las ciencias sociales y humanidades.

Cuando abre vivir… con una revisión sobre Edward Said, amigo y colega fallecido, destaca la importancia –entre otras cosas– de no mantenerse indiferente ni pasivo, al confundir la aparente naturaleza inanimada de los objetos literarios derivada de una disciplina pergeñada por los materiales que la justifican, cuando el contraste debe ser que la conciencia de esas características conllevaría un margen de lucidez capaz de hablar por la totalidad del hombre, sin menoscabo ni negociación.

Ahora, en lugar de sustentar una defensa ociosa por uno de los principales pensadores que defendieron la libertad creativa y su más conocido ejemplo fue la inocencia de Salman Rushdie, lo que hace Todorov es llamar la atención sobre la conciencia ética de un sujeto en calidad de una característica necesaria que la revisión de las dimensiones sociales no está tomando en cuenta y lejos de integrar a la realidad, se está haciendo a un lado.

En un momento histórico cuando la existencia del otro reclama dicha conciencia, si algo se manifiesta es que se trata de un artificio del que se habla como un “objeto” necesario, que debería ser “posible”, pero cuando se habla de él surge en la literatura y apenas forma parte de la política, salvo en calidad de recurso para la propaganda.

De ahí que la figura de Said sea central para el trabajo de Todorov: un solo pensador se encargó de señalar bajo la autoridad de una militancia que estamos socialmente como el título del trabajo indica, agrupados, arracimados, pero en una distancia ética y social que solo se está volviendo objetiva gracias al paradigma en que se ha convertido la cuarentena; aunque la conciencia social del calentamiento global y sus consecuencias ya eran una realidad, es hasta la emergencia de la pandemia que el concepto “ecología global”, por contradictorio que resulte, se vuelve una nueva moneda y con ella se establece el valor de la actualidad.

Allá por los años 70 y 80, entre los creadores llegados a ECM se encontró un pianista de jazz apenas conocido por unos, pero de las pocas piezas que grabó a partir de este debut con el prestigioso sello discógráfico, una de las mejores e inolvidables de este disco es nada menos, “Forgotten love”.

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