“La poeta rebelde, la artista amante de la libertad,
la mujer anarquista más grande de América”
Emma Goldman

“No prediques el camino recto y angosto
mientras vas con alegría por el ancho.
Predica el ancho, o no prediques en absoluto;
pero no te engañes diciendo que te gustaría
ayudar a marcar el comienzo de una sociedad libre,
pero no puedes sacrificar un sillón por ello”
“Las circunstancias me hacen”
Voltairine de Cleyre

Nosotros como ciudadanos estamos expuestos a los diferentes cambios sociales, políticos, económicos y demás, por lo que en muchas de las ocasiones tendemos a presentar diferentes actitudes ante esos escenarios que, en algunas de las veces afecta nuestra vida personal y profesional. A nosotras como mujeres desde pequeñas en el hogar nos enseñan o imponen reglas que debemos seguir, como las costumbres, valores y religión. Conforme pasa el tiempo, vamos analizando y comprendiendo a nuestro criterio qué consideramos bueno y qué no.

En este momento, es cuando surge nuestro problema como mujeres, donde interviene la moral. Sabemos que la moral es un conjunto de normas, creencias, valores y costumbres subjetivas que dirigen, o guían mejor dicho, la conducta de las personas en la sociedad; la moral forma parte de la disciplina filosófica que estudia el comportamiento humano en cuanto al bien y mal, no deja de ser un conjunto de normas que son aceptadas por una sociedad, pero que de alguna forma interviene la religión en todo ello. La filosofía en sí, es un conjunto de reflexiones sobre la esencia, propiedades, causas y efectos de las cosas naturales, y muy especialmente sobre el hombre y Universo.

Recordando un poco de lo que es filosofía, esta viene del griego y del latín, acuñada por Pitágoras en la antigua Grecia que significa “amor por la sabiduría” o “amigo de la sabiduría”. La filosofía es también el espíritu, principios y conceptos generales de una materia, una teoría o una organización. Hace referencia a una forma propia de entender el mundo y la vida (Deleuze & Guattari, 1997).

La religión también interviene en la conducta del hombre; en este caso, en las mujeres su intervención ha sido a través de la historia muy fuerte y hasta nuestros días, puesto que está impuesta. Si nos remontamos siglos atrás, estaba aún más fuerte la imposición hacia el sexo femenino en cualquier aspecto.

Las mujeres bellas, apasionadas, valientes, talentosas, aguerridas, innovadoras, inteligentes, etcétera, sobresalen en diferentes campos de las ciencias, pero olvidadas por mucho tiempo y sin reconocimientos, aun cuando se tenía conocimiento de lo que descubrían. La humanidad les debe esos reconocimientos que a muchas de ellas se los quitaron y les fueron otorgados al sexo masculino; y los historiadores por otra parte también realizan su labor porque las han olvidado o ignorado en sus múltiples escritos.

Esa distinción hace visible lo invisible y pone en su lugar a muchas de las mujeres que están en el olvido, las que fueron luchadoras, creativas y transformadoras como fue el caso de Voltairine de Cleyre, quien fue escritora, poeta, ensayista y periodista; además, libre de pensamiento y rebelde en todo momento, ya que escribió folletos, artículos y ensayos. Ella nació el 17 de noviembre de 1866 en la pequeña ciudad Leslie, en Michigan. Su padre fue Héctor Auguste de Cleyre, ferviente admirador del libre pensamiento de Voltaire, y para tenerlo presente decidió poner ese nombre a su hija, por lo que de ahí proviene el nombre de ella; desde temprana edad, él le enseñó a leer y escribir en dos idiomas: inglés y francés. A Voltairine al aprender los idiomas también le llamaron poderosamente la atención las letras, porque tenía gran inteligencia y dotes para la escritura, oratoria y música, pero inclinación también a la obstinación, impertinencia e imprudencia que fueron de la mano con toda la inteligencia que traía consigo.

Su padre no era una persona de malos pensamientos y deseaba infundir a su hija sabios valores. Su familia se cambió a St Johns, Michigan, que se encontraba en extrema pobreza, por lo que su padre decidió colocarla en una escuela católica en Sarnia, Ontario, cuando contaba con 12 años, pensando que recibiría mejor educación en comparación con las escuelas públicas y fue en el Convento de Nuestra Señora del Lago Huron en Canadá donde estudió; esto fue con la finalidad de cambiar su instinto salvaje que tenía (Presley, 1979).

Su estancia en el lugar la convencieron de abrazar el ateísmo en lugar del cristianismo, pero reforzó ahí sus habilidades intelectuales, retóricas y literarias, ya que cuando tenía seis años escribió su primer poema y 19 cuando impartió su primera conferencia sobre el pensamiento libre. Estando en el convento, se escapó al año, pero fue obligada a volver y fue hasta 1883 que lo dejó definitivamente, alejándose completamente de la religión, porque la consideró una forma de represión y se convirtió en atea.

Su vida en el convento no fue nada feliz, pero de forma voluntaria adoptó el ascetismo, el rigor y frugalidad que le enseñaron, de ahí que quizá fue fiel a su ideología como espíritu libre. De 1889 a 1910, vivió en Filadelfia con las comunidades de inmigrantes judíos pobres, impartiendo clases de inglés y música. Su gran amor fue Dyer d’ Lum, quien la marcó de forma definitiva, pero este se suicidó; a su muerte, su relación emocional e intelectual cambió por completo volviéndose una mujer solitaria (Marsh, 1981).

Posteriormente conoció a James B Elliot, de libre pensamiento como ella, con quien tuvo a su único hijo: Harry el 12 de junio de 1890, pero rechazó vivir en pareja, por lo que este partió con el niño a Filadelfia; siendo pocas las veces que se volvieron a ver y pero Harry en honor a ella llamó a su primogénita con el nombre de Coltairine.

En 1880, su evolución intelectual se vio influenciada por Thomas Paine y Mary Wollstonecraft. La revuelta de Haymarket, famoso incidente del anarquismo de Chicago en 1886 y el proceso judicial contra ocho de sus líderes que fue lo que marcó en definitiva su adhesión al movimiento anarquista. Fue una mujer individualista porque defendía el derecho a la propiedad privada y competencia, pensaba que podía prescindirse del Estado.

Con 24 años compareció ante la Congregación de Unidad de Filadelfia para impartir la conferencia “Sex slavery”, publicada como ensayo póstumo en 1914, donde lanzó una crítica contra el matrimonio, la sumisión de la mujer al hombre y los roles de género. Que la mujer se pregunte, escribió: “¿Por qué soy la esclava del hombre? ¿Por qué se dice que mi cerebro no es un igual al suyo? ¿Por qué puede tener mi trabajo en la casa y darme como pago lo que le parezca bien a él? ¿Por qué puede quitarme a mis hijos? Hay dos razones para ello, que se pueden reducir a un solo principio: la idea de un Dios autoritario y con un poder supremo y sus dos instrumentos: el clero y Estado”, (Esenwein, 1989).

Sus escritos cada vez se volvieron más anarquistas. Se volcó hacia temas como la lucha de clases, abolición de la pobreza, detestar las diferencias de género, y más. Esa grandiosa mujer rebelde desde siempre y defensora de los derechos falleció el 20 de junio de 1912 en Chicago, Illinois, y en su tumba se lee: “He muerto como viví, como un espíritu libre, sin deber ninguna lealtad a las leyes, ni a las terrenales ni a las divinas”. Después de eso, sus textos se olvidarían y no fue sino hasta la década de 1960 que se rescataron con el movimiento feminista.

“El anarquismo, para mí, significa no solo la negación de la autoridad, no solo una nueva economía, sino una revisión de los principios de la moralidad. Significa el desarrollo del individuo, así como la afirmación del individuo. Significa responsabilidad propia y no adoración al líder”
Voltairine de Cleyre

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