La posición de quien ocupa los cargos de conducción de la cosa pública es un factor crucial de la orientación que tomen los asuntos público-gubernamentales y que tendrán efectos específicos sobre aquellas actividades y poblaciones a los que se dirija. En general, esto se refiere como “voluntad política”, que puede ser vista como una especie de reminiscencia de los actos del soberano dirigidos a imponer su posición (voluntad) sobre aquellas cuestiones que le permitirían acrecentar su poder; pensaríamos en formas autocráticas de gobierno, pero en una sociedad democrática, como lo establece W Wilson, la opinión pública es crucial y para producir efectos específicos en esta, cualquiera que sea la autoridad que los gobiernos estatal y federal lleguen a ejercer sobre las grandes empresas, de ello deberán seguirse cuidados y responsabilidades que requerirán no poca sabiduría, conocimiento y experiencia.
No se trata del ejercicio del poder, en democracia, puro y duro; por el contrario, se trata de pensar y ejecutar acciones con base en los valores que postula Wilson, sabiduría, conocimiento y experiencia, que nos remite, de alguna forma a Nicolás Maquiavelo con sus metáforas animales –el león, el zorro–. De esta forma definir, ver de otra manera la “voluntad política”, es mostrar que se trata de presentar propuestas que definan la marcha de la cosa pública en interés de la sociedad, con los “cuidados y responsabilidades” correspondientes. No se trata de la omnipresencia gubernamental, se trata, más bien, de actuaciones convenientes a partir de los medios más idóneos para todas las actividades que debe realizar y que cada vez se amplían.
Veamos con mayor detalle a qué nos referimos cuando hablamos de “voluntad política”. En principio se alude a los diferentes actores que convergen en la escena política a partir de una problemática, entendida esta como un problema social práctico, que involucra a dos o más sectores, es decir, integra a todos aquellos que están directamente implicados; desde el gobierno hasta los diversos sectores de la sociedad, quienes demandan la atención y solución a sus problemáticas. En este contexto, es importante destacar que la voluntad política no se refiere solo a la voluntad de los políticos ni de aquellos que están directamente relacionados con la vida política, sino también debe considerarse a sectores y líderes de diversos gremios sociales, como los sindicatos privados y públicos, las organizaciones de la sociedad civil, las instituciones religiosos, con el fin de identificar la manera en que estos participan en la solución o en la obstaculización de los asuntos públicos.
Si bien, la voluntad política no es (no debe ser) una acción exclusiva del gobierno, el papel que desempeña representa una acción fundamental en una democracia, no solo en la atención de los asuntos públicos, sino también en la generación de las condiciones para que esta se exprese por los demás sectores involucrados. Es así como el gobierno tiene un doble papel en la generación de la voluntad política; el primero, con respecto a su propia estructura de poder, es decir, que el gobierno se expresa desde las más altas esferas y debe transmitirse a todos los ámbitos del aparato administrativo- organizacional.
La pretensión es lograr el apoyo para las decisiones por quienes son responsables de implantarlas; en segundo lugar, el papel del gobierno con respecto a la voluntad de los demás actores es generar las condiciones legales y operativas para que los actores relacionados con las cuestión encuentren vías para expresarse y en este tenor establecer un diálogo basado en el respecto y el principio de libertad y lograr acuerdos tendientes a solventar la situación. En este sentido, en una democracia, la voluntad política, plantean Luis Salazar y José Woldenberg, debe expresarse de abajo hacia arriba, y no significa el fin de la política y de la autoridad en tanto productores de fines y medios decisivos para la organización social, este es un modo más abierto y amplio de entender tanto a la política como a la autoridad y sus tareas. Un modo opuesto al de las formas verticales y centralistas de actuación (autoritario o dictatorial), donde la política es concebida como dominio y sometimiento de los más por los menos, y donde la autoridad aparece como posesión exclusiva de unos pocos por oscuras razones metafísicas.

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