Era una de esas personas que siempre están a las vueltas, cuando no a las revueltas, con todo. Es decir, era un individuo, de esos que se dan con la debida abundancia, que tenía la mente como un ovillo de tejer mal ovillado.

Sus amigos, que lo conocían bien, le habían puesto de mote El de las Vueltas y, de hecho, cuando se hacía presente, unos a otros se decían: “Ya llegó El de las Vueltas”, haciendo lo posible por irse antes de que llegara hasta ellos.

Era, por tanto, un hombre necesariamente solo y, aún, imprescindiblemente solo. Eso no le preocupaba en absoluto, pues tenía un ego superlativo que lo mantenía al margen de todo aquello que pudiera inquietarlo.

Nunca había sentido la punzada del amor y tampoco era eso algo que le preocupara. Tenía bastante consigo mismo para ser feliz. Bueno, no exactamente, lo que le hacía realmente ser dichoso era su manía de encontrar circunloquios en todo lo que decía.

No entendía por qué había que ser parsimonioso cuando el lenguaje permitía ser extremadamente rococó con las florituras maravillosas de un circunloquio llevado más allá de la vulgaridad, penosamente tan extendida en los tiempos que le había tocado vivir.

Si por él fuera, mandaría a todos a estudiar a los clásicos del siglo de oro español y no se escribiría otra cosa que versos estructurados conforme al canon más exigente de aquella época tan excelsa y exquisita.

El lenguaje debía sujetarse y no volverse tan liberal como se había convertido. No, no estaba bien lo que estaba sucediendo con tan preciado instrumento. Ya podían reírse los demás a sus anchas, que por lo que se refería a su persona nunca renunciaría a su pasión genuina por el verbo.

Pasaron los años y él seguía fiel a su consigna, sin renunciar un ápice a exigencias tan loables y definitivas. Era una misión difícil, era plenamente consciente de ello, pero le quedaba la esperanza de que pudiera influir en alguno de sus alumnos, quien seguiría su apostolado.

No estaba todo perdido, y aunque lo estuviera su optimismo natural, con respecto a lo que le importaba, le hacía ver las cosas de una forma distinta. No en vano la realidad tiene diversas formas y colores, y por qué no la apariencia vinculada a lo que se desea puede ser más real y veraz que lo que otros tienen por verdad y conocimiento.

En esas disquisiciones estaba cuando le llegó la encomienda de colaborar en un nuevo diccionario. Al principio se sintió dichoso, pero pronto surgieron algunas dudas que le amargaron la existencia y le impidieron dar inicio a su labor.

Demasiadas ataduras a una prosa actual, a la que no le gustaba. Además, andaba peleado con algunas definiciones. Detrás de todo eso, solo estaban sus vueltas y revueltas de siempre. Se sentó, miró por la ventana y dejó de escribir.

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