La noche fue acompañada por la lluvia, el sonido del agua arrulló los sueños de quienes tuvimos la fortuna de tener un lugar seguro para dormir, pues el temblor de septiembre agregó personas sin vivienda o con vivienda deficiente, los damnificados. A primera vista, el derrumbe de casas y edificios puso en nuestra mirada la vulnerabilidad generada por los hechos naturales. Ello no debe invisibilizar la vulnerabilidad generada desde la acción u omisión que instituciones y personas con nombre y apellido provocan en nuestras vidas y ponen en peligro el bienestar y la vida.
Por ejemplo, en estas noches de lluvia que favorecen el sueño profundo, nuestro bienestar es irrumpido cuando salimos a la calle para realizar nuestras labores cotidianas, pues las calles están convertidas en ríos cuyas aguas lucen y huelen mal. Luego, a manera de explicación, decimos que la lluvia y su intensidad tienen la culpa.
En una ciudad cuyo crecimiento obedece a un sistema de planificación regulado con permisos de uso de suelo, autorizaciones de construcción, abastecimiento de electricidad y agua, todo lo cual supone que la infraestructura de drenaje y alcantarillado es construida en cantidad y capacidad para soportar los crecimientos y desalojos de agua, aunque esta sea pluvial. Sabiendo todo lo anterior, me pregunto ¿por qué cuando llueve invariablemente se inundan calles y colonias? ¿A qué se debe la desaparición del asfalto en calles completas ante la menor corriente de agua?
Sabiendo que la mayor parte de la expansión de la ciudad de Pachuca en tiempos recientes se debe a los desarrollos inmobiliarios, supone una proyección, planeación y regulación de los crecimientos urbanos, no justifica la inundación de calles que está directamente asociada a la insuficiencia de la infraestructura urbana. Las sabidas inundaciones son el aviso de nuestra ciudad sobre el colapso, del hacer o dejar de hacer. Pachuca afortunadamente no se considera una zona sísmica, tampoco está en una zona donde los huracanes y tormentas sean una amenaza real y permanente. Por ello, ante cualquier eventualidad de colapso de la ciudad, puede culparse a la lluvia para ocultar las responsabilidades, pero en realidad, las deficiencias e insuficiencias de la infraestructura urbana y pública se deben a la acción de hombres y mujeres que desde sus funciones y responsabilidades están permitiendo el deterioro de una ciudad.
En el área rural y fuera de la Ciudad de México, el derrumbe de las casas se atribuyó a la intensidad del temblor, eso es parcialmente cierto porque los derrumbes también se deben a la antigüedad y calidad de las construcciones, los hechos naturales no pueden predecirse pero sí se puede prevenir, pues la intensidad del desastre también nos recuerda las diferencias sociales y económicas que las familias tienen para salvaguardar su integridad, pero también nos demuestran el trato diferenciado que los gobernantes y servidores públicos tienen con sus ciudadanos; cuándo hemos sabido de inundaciones en las colonias residenciales, cuántos baches pueden encontrarse en sus calles, acaso han mirado coladeras abiertas, quizá tienen áreas verdes invadidas con nuevas construcciones. Todo lo anterior ocurre en las colonias populares, por eso asumimos con resignación que las lluvias son sinónimo de inundaciones, y las inundaciones son recordatorios de omisiones en la planeación de la ciudad que puede dejarnos sin bienes para nuestras familias.

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