Francisco es un hombre de 76 años, pertenece a la generación que concluyendo su carrera profesional, le fue relativamente fácil conseguir empleo y obtener una plaza de trabajo con todas las prestaciones sociales. Con el tiempo ascendió en la escala laboral y salarial. Formó una familia y tuvo hijos que trazaron su propio rumbo, Francisco y su esposa viven solos en la casa de su propiedad y reciben una pensión que cubre sus gastos de manera suficiente. Quizá nunca se percató de los privilegios que le significaron pertenecer a la clase media, ser varón, tener un color de piel claro, poseer una estatura superior al promedio y en su vida laboral desempeñarse en puestos de mando.

La nueva normalidad ha situado a Francisco en una condición que quizá nunca había vivido: reconocerse desde la mirada de los demás como persona vulnerable. Desde el inicio de la pandemia, él asumió los cuidados generales y no se privó de realizar sus actividades de abastecimiento, en esas salidas se percató de la reacción de los otros: las miradas concentradas en su persona, el afán de los otros de mantener la sana distancia y el trato preferencial y apurado de las personas encargadas del cobro de productos.

Tales reacciones narradas por Francisco, las interpreto como el cuidado que sus interlocutores toman ante un adulto mayor en el espacio público en tiempo de pandemia, él lo interpreta como aversión a su persona, así que se autoimpuso el confinamiento en su hogar para evitarse las miradas que le recuerdan que las arrugas de su piel y su pelo cano lo ubican como persona vulnerable.

La reciente experiencia de Francisco me permite reflexionar sobre la construcción de la vulnerabilidad como una condición adquirida y otra como condición otorgada por las personas con las cuales interactuamos. Existen personas que por condiciones de nacimiento o enfermedad o accidente o por edad, su cuerpo no les permite moverse o desplazarse en el espacio físico o social en condiciones “normales”. Otras personas pueden tener cuerpo y mentes “normales” y sanos pero las condiciones sociales y culturales les asigna la etiqueta de vulnerables, por ejemplo: las personas pobres, las mujeres, los y las niñas, las personas indígenas, los adultos mayores, entre otros.

Antes del confinamiento derivado de la pandemia, Francisco transitaba por el espacio público sin ningún problema con sus arrugas o sus canas porque su estado de salud, su condición de género y su autosuficiencia económica le otorgaban seguridad y autonomía. Pero la nueva normalidad nos está recordando prácticas higiénicas y nos construye nuevas miradas sobre nosotros y los otros, en el mejor de los casos, se asume la responsabilidad social sobre el autocuidado y para las personas que nos rodean, en los casos desafortunados se exacerban la intolerancia e intransigencia, quizá porque se olvida que en algún momento de nuestra vida, por alguna razón seremos o somos población vulnerable, posiblemente nos percatemos de nuestra incorporación a la condición de vulnerabilidad, sino, siempre existirá alguien que con sus palabras, o miradas o actitudes nos lo hará patente, como ahora le ocurre a Francisco, cuyas arrugas y canas lo suponen vulnerable aunque su cuerpo y su ánimo no compartan esa condición.

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