A la fecha, una de las obras consideradas más idealistas y hasta descabelladas de Henry David Thoreau –representante del trascendentalismo– Walden sobrevivió al tiempo y se hizo de una rabiosa actualidad tras los acontecimientos de la contingencia por el Covid-19. Sin reparar en la existencia de una enfermedad, sino la utopía de encontrarse a solas, en aislamiento y conviviendo con la naturaleza, en una región apartada y sin contacto con el género humano.

Es muy importante destacar que cuando Thoreau escribió Walden, era integrante de la misma corriente de pensamiento fundada por Ralph Waldo Emerson y con la que simpatizaron Nathaniel Hawthorne, Henry Wadsworth Longfellow, además de Louisa M Alcott.

Era la primera mitad del siglo XIX y ellos conformaron la crema y nata de la vida intelectual, afiliados a la convicción de una forma de pensamiento en tal estado puro, que en realidad obedecía a la intuición, más que el razonamiento, de tal suerte que el mismo Nietzsche calificó el pensamiento de Emerson como uno de los momentos más gloriosos del pensamiento moderno, al punto de que parte de La gaya ciencia está dedicada a la obra de Emerson.

Cuando Thoreau desarrolla su proyecto, se instala en una casa construida por él con sus propias manos, en medio del bosque en una propiedad de Emerson. Su meta era sobrevivir con ninguna otra cosa excepto lo indispensable, producto de su trabajo diario, así como registrar ideas, reflexiones y cavilaciones que se le presentaban conforme llevaba su existencia de esa forma. El experimento duró dos años con dos meses y sigue considerado entre los trabajos más soberbios del pensamiento occidental.

Detrás del proyecto de Walden se encuentra la necesidad de entender con claridad la diferencia entre soledad y desolación, concepto que en nuestra actualidad se ha confundido y se entiende por la segunda aquello que describen los espacios devastados, pero no la reacción de desesperanza que confronta a los sujetos, mientras la soledad de Thoreau era una, reconciliada con el mundo y consigo mismo, hasta que concluyó el aislamiento y volvió al mundo con una obra memorable.

Aunque Thoreau no lo admite del todo, la experiencia se volvió del tal modo trascendental en su escritura, que prácticamente el resto de su obra giraría en torno a variaciones del mismo tema: Volar, Un paseo de invierno, Todo lo bueno es libre y salvaje, Los bosques de Maine…
Pero cuidado, el centro que hace la experiencia de Walden de tal modo central para la cultura de Occidente, es porque Thoreau era un radical. Antisistemas, anticonformista, antiesclavista, solo una personalidad tan dispuesta a llegar a los extremos, habría logrado lo que se propuso el escritor: demostrarse a sí mismo que lo concebido por tantos no solo era posible, constituía un examen de la verdadera integridad moral. Incluso sirve de ejemplo para entender porque la autora de Mujercitas y hombrecitos, Louisa May Alcott quien aborrecía el esclavismo, fuese buena camarada de Thoreau.

Todos los integrantes del trascendentalismo, aunque eran un grupo de personas moderadas y prudentes, defendían sus ideas a rabiar y no daban el brazo a torcer bajo ninguna condición. El principal mérito de M Alcott era publicar textos para jóvenes, pero con la convicción de una mujer autora era excepcional, solo por esa razón debía mantenerse en el oficio, además de ser una de las primeras autoras de detectives y crímenes.

Gracias a que el grupo compuesto por Hawthorne, Emerson, Alcott y Thoreau constituye una de las rarezas de su tiempo, incluido el hecho de que sus trabajos, pese a ser verdaderas excepciones y muy fuertes contrastes con rasgos que hoy caracterizan al anglosajón promedio, se han mantenido vigentes, ya sea con adaptaciones o reinterpretaciones, su carácter y filosofía se mantiene tal cual. Esa es una de las razones porque Charles Ives compuso su sonata para piano, en la que cada movimiento en realidad está dedicada a todos los autores, excepto Longfellow, ya que la preferencia del compositor estaba más en la tónica de la creación libre los célebres que descuidó la poesía de Henry Wadsworth, pero es una de las pocas obras en esforzarse por evocar un momento de la creación estadunidense.

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