Y después del asalto, el recuento…

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Me quitaron mi cartera de sirena, que como yo se tragó sus lágrimas saladas para no morir de miedo ante una pistola que te apunta con cruel indiferencia. Me arrebataron mis vales de despensa, los mismos que no le pusieron precio a mi rabia y a mi impotencia. Me despojaron de mi teléfono celular, que antes de despedirse de mí logró maldecir bajito nuestra suerte, injuriar a quien se lo llevaba, odiar de verdad a un desconocido. Me aventaron a la cara mis aretes de corazón, corazón roto, corazón hueco, corazón coraza.
Y después de perder cosas materiales, las lágrimas de la pasajera del asiento número 30 me dan fuerzas para consolarla. La mirada triste de la viejita del asiento 25 que se aferra a mi abrazo. El chico al que le quitaron sus tenis, que insiste en que no me preocupe. El jovencito al que le arrancaron su cadena de oro y se soba su muñeca sin dejar de sonreírme. La familia de los últimos asientos, que no pierden la fuerza, que escondieron un celular y me dejaron llamarle a mi hijo y esa voz, esa voz amada que me aferra a la esperanza, a que no se me quiebre la voz para jurarle que estoy bien, que ya estamos cerca, que ya quiero abrazarlo.
Escuchar nuestras voces indignadas al llegar a la central camionera, exigirle a ADO una explicación ante la falla de su protocolo de seguridad, hacer tantas y tantas preguntas: ¿Cómo nos protege el seguro de viajero después de un asalto? ¿No hay ningún especialista que nos oriente cómo levantar una demanda?
Llegar a casa y creerme a salvo. Por fin llorar aferrada al teléfono mientras mi amiga Silvia me escucha con ese amor verdadero que solamente existe entre amigas solidarias. El bolillo que me fueron a comprar. La voz de mi mamá llorando conmigo, que me pide encomendarme a Dios siempre que vaya a salir. No poder dormir, imaginar mil y mil veces lo que hubiera pasado si…
Y la cascada de mensajes solidarios. Ahí están los mensajes de mi universidad, desde mis alumnos y alumnas, amigas, colegas, el rector de mi universidad, el presidente del Patronato, el secretario general, la lideresa de mi sindicato. Ahí está el director de mi querido Independiente y los periodistas de tantos medios que quieren difundir mi denuncia. Mis amigas y los hombres que quiero juran quererme más. Eso me inspira otra vez, y yo levanto mi voz sospechando mi fuerza. El reclamo publicado en mi Facebook es reproducido cientos de veces. Denunciar, mi fuerza.
ADO me llama en voz de Felipe Elizalde, agradezco sus palabras, me escucha con respeto. Ofrecen la indemnización. Levantarán la denuncia en el Ministerio Público. Toman mi declaración. Insisto e insisto, gracias, pero deben mejorar su protocolo de seguridad. Deben cuidarnos, pagamos su servicio por eso. Porque ahora ¿cómo puedo subirme otra vez a un autobús ADO?
Marthita Briones, Rosalía Guerrero, Alejandro Romero y más personas organizadas en mi querido estado de Hidalgo suman acciones, cuidarnos entre nosotros, exigir a las líneas de autobuses, a las autoridades encargadas de la seguridad en las carreteras, las denuncias no paran, los asaltos sí deben parar.
Y en este recuento, pese al dolor en el alma, la necedad de seguir denunciado, también me apapacha esta sensación de saberme bella, airosa y bien querida.

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