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En mayo de 2011, Juan Manuel Menes Llaguno, cronista del estado de Hidalgo, escribió: “A poco más de 30 años de haber leído su primera novela, De médico a curandero, se da un encuentro personal con Rafael Olivera Figueroa, de los más prolíficos y reconocidos escritores hidalguenses”.
Esto ocurrió el 8 de marzo de 2011. Olivera Figueroa concurrió, en Pachuca, a una comida por el cincuentenario de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Le acompañaban sus dos hermanas.

Autor de libros exitosos como Jornada de errores médicos, ya en edición 38, Jornada médica en un velorio, 22 ediciones, y De médico a curandero, 11 ediciones, entre otros.
En su libro El túnel del instituto (Instituto Científico Literario Autónomo de Pachuca), Olivera confiesa que deseaba reconocer caras conocidas, bajo el recuerdo de su estancia en la casa de estudios.
No tuvo suerte, hasta que un joven abogado, Salomón Zúñiga, le presentó a Menes Llaguno, principio de recíproca cálida amistad.
También atisbó en una mesa al doctor Nicolás Soto Oliver, lamentablemente ya desaparecido, a quien acompañaba su esposa Estela Rojas, rodeada de sus hijas y nietas, así como de sus yernos.

Y textualmente refiere el escritor, nacido el martes 19 de marzo de 1929: “Me dio mucho gusto estrechar la mano de Nicolás, porque lo vi más humano, más atento y cordial”.
Y fue a Soto Oliver a quien le preguntó en aras de satisfacer curiosidad añeja: “¿Crees que exista el túnel que nos une con el convento de San Francisco? Y Nicolás, con una sonrisa más enigmática que la de Mona Lisa, me contestó: ‘¡Tal vez sí, tal vez no!’, es decir, me dejó con la misma duda que tenía antes”.
De ahí, cuenta, surgió la idea, que no tardó en cristalizar con El túnel del instituto, que mezcla realidades y ficción, publicado por la editorial Costa-Amic en octubre de 2011.
Juega con el tiempo, alude a otro personaje, Antonio, quien se suma a Olivera, Menes y Soto, participantes de la pesquisa por el mítico túnel.
Y arranca en una tarde de diciembre de 1999, en el restaurante El Reloj, en el entorno de la plaza Independencia.

En su descripción, con el concurso de los cuatro, intentan de todo, aunque el túnel no llega a cristalizarse, pero sí sirve de marco, en el argumento de su novela, para acudir a situaciones y hechos trascendentes ocurridos en la Bella Airosa, como la fatídica inundación del 24 junio de 1949, día de San Juan.
En el relato, Antonio discurre: “¿Cuándo creen ustedes que se construyó ese túnel? Porque de existir, tuvieron que excavarlo en la época que el edificio fue convento o refugio de religiosos, tal vez después de que fue hospital. ¿No lo creen?”.
Los interpelados guardaron silencio, no aventuraron una opinión.
Olivera Figueroa recrea también una visita a la laguna presa del Tejocotal, a unos kilómetros de Tulancingo.
Más adelante traen a cuenta una fecha trascendente: 16 de enero 1869, cuando se promulga el decreto de erección del estado de Hidalgo.
Y son abundantes los personajes de la novela en consideraciones de esos lejanos ayeres.
El túnel del instituto se vuelve así en lectura apetecida para quienes gustan de saber del pasado de la hoy Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, tomada de la mano con circunstancias trascendentes, no solo para Pachuca, sino para la entidad en general.
Don opiniones, en corolario resaltan las tareas literarias de Rafael Olivera Figueroa.
Soto Oliver: “Leer a Rafael Olivera F es tomar de la realidad, la esencia, y transformarla en volátil quimera, que nos lleva en aras de la fantasía a ese mundo del ser y no ser que viven sus personajes”.
En tanto que Menes Llaguno refiere: “Este libro es una extraordinaria referencia hacia un tiempo que ya se fue, pero que se recuerda como si lo narrado hubiera sucedido ayer”.tunel

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