La soleada mañana, luminosa, despejada, completamente azulada y limpia, con agradable vientecillo de aroma a tierra húmeda del formidable aguacero precipitado por los rumbos de las coronaciones del cerro de la Santa Apolonia, descendió por la llena de concavidades barranca de Patoni. El día amaneció delicioso, con suculento olor a frescura y sereno, con los primeros rayos brilladores del Sol que penetraron el patio de la vecindad, traspasando el pequeño muro de citarilla de barro sobre el que descansaban pesadas macetas con olorosas flores que dividían la agradable morada de la viejilla, el Sol lograba colarse más allá de la apolillada puerta de acceso de la habitación que hacía las veces de recibidor estancia, llenando de iluminaciones con dulce claridad, invitando a continuar la histórica narración de la noche anterior, solo interrumpida por la necesidad del sueño de los pelones y el constante arrullo suave de las lluvias por doquier.
Desde el amanecer se escuchó un suave trajinar con el soporífero arrastrar de sus pies en la crujiente madera de la duela, buscando en sus alteros de documentos depositados bajo la cama, que ya topaban casi al techo del colchón, estaban tapizados de improvisadas anudaciones con lazos de ixtle, cordeles y hasta agujetas de zapatos mineros, esos atados y legajos viejos, húmedos y apestosos cubiertos de fino polvo grisáceo con abundante pelusa, abrigadero de ratones, arañas y moscas. Esta vez mostró, casi beoda de alegría, periódicos de la segunda mitad del siglo XIX que más parecían envoltorios de tocino, arrugados sucios y emparchados, con letras pequeñas casi completamente borradas, los levantó en su siniestra “El Liberal Furibundo” de literatura política, ciencias, artes y variedades, “La Voz del Pueblo”, en otro una columna firmada por “Corazón de Fierro” con frases llenas de adulación hacia los gobernantes, pues el autor sabía que la adulación suena como música angelical que gusta a todo el mundo, escritas en el periódico de mayor circulación de la época, El Imparcial.
Entre semejante papelero resonó “aquí están asegún las justificaciones que sirvieron de pretexto para la destrucción del atrio del templo de la Asunción de María, junto con la plazoleta de la Caja Real de Azogues”, privatizados por la furia bestial de los liberales ambiciosos que se apresuraron para pasar los bienes de las manos muertas del “nefando clero” a sus manos vivas, origen de muchas fortunas, no solo de la villa de Pachuca, sino de gran parte del país; imitando lo hecho por las Españas. No sabiendo las nuevas y furtivas riquezas del trabajo intenso, honrado y laborioso en socavones, túneles y minas, resultado de la desvergonzada apropiación y adjudicación de bienes eclesiásticos, que vinieron a mutilar una de las partes más hermosas de la pequeña y vieja villa del mineral de Pachuca.
Dos años antes, 1856, teniendo como razón allegarse recursos, se promulgó la “ley Lerdo o de nanos muertos” arremetiendo en contra de las posesiones eclesiásticas y sus fondos piadosos, disponiendo el gobierno que se pusieran a la venta en cómodos abonos apareciendo como mejores postores personas sin escrúpulos, creyentes en negocios poco claros sin importar la afectación y el nulo beneficio público, donde había de los dos bandos; liberales hacheros, tagarnos, chinacos, impíos y chinacates, y conservadores retrógrados, reaccionarios, pelucas viejas, mochos y cangrejos. La religión en sí, no los distinguía más que de un liberal “Ignacio Ramírez, el Nigromante”, quien en la academia de San Juan de Letrán proclamó “Dios no existe”, la abuela aseguraba que entre las dos facciones había menos diferencias que las que se suponían, señalaba casi al paroxismo; al ataque, acometida a su arrebato de vehemencia, a todo lo alto de su diestra leía “las listas oficiales de compradores de bienes de la iglesia publicadas en 1857 y 1862”.
Las propiedades del clero, como si fueran bienes propios, se las disputaban distinguidos bribones, adjudicándose con prontitud estas fincas y riquezas, sujetos bien conocidos de la población con una vela de cera en la diestra, un formidable rosario de gran crucifijo en la siniestra y luciendo un enorme escapulario de numerosas estampas en el pecho, con los ojos bajos como buscando que los mirara toda la población, recorrían las calles frente al templo de la Asunción hasta el colegio de San Francisco, como una obra de expiación meritoria que ofrecían a Dios, en descuento de sus bajezas bribonerías, inequidades y pecadotes.
Devotos, come santos, que en habitaciones apartadas en sus casonas a puerta cerrada, bajo candado lleve y tranca, tenían tapizadas las paredes de cromos, imágenes y estampas del Señor del Sacro Monte, el Señor de Chalma, la Purísima, la Guadalupe, la de los Dolores, el Niño Cautivo, Nuestra Señora de la Bola, pasando por el Cristo Negro, la Cruz de Singuilucan y el Señor de Zeloantla, estas de bulto. Decía la anciana, que ahí mismo, esa habitación, se convertía en ofertorio donde hacían sus oraciones se escuchaban siseos, mugidos, berridos, quejidos, culpas y hasta arrepentimientos, acompañados de la Magnífica, la Corona, padres nuestros, salves y credos, interminables rosarios, peticiones y agradecimientos
a diversos santos por los favores recibidos y por recibir.
El original y antiguo atrio sin voluntad política, que es la que hace milagros y mueve hasta las hojas de los árboles, nunca veremos restituido y revitalizado, esta primigenia plazuela de la Caja Real de Azogues, que formó una unidad con el casi desconocido atrio del templo de la Asunción de María, “¿eso merecemos los pachuqueños…?”.

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