Con los recientes avances tecnológicos, y con reciente procuro abarcar unos 8 mil años pa’ca más o menos (desde la invención de la rueda), surgió la capacidad que cualquiera de nosotros ejerza diversidad de profesiones sin necesidad de conocer las especificaciones técnicas de la herramienta utilizada para ejecutar esa profesión; en paralelo, también retoñan los críticos que aseguran que la sola utilización de la rueda no nos convierte en homo sapiens… aunque eso es debatible, vea por qué.
Tomo el ejemplo de la rueda ya que es una de las herramientas más elementales, aunque sírvase de colocar el instrumento de su agrado (cámara fotográfica, procesador de texto, pintura y pinceles, lanza, arco y flecha, etcétera), también funciona para este apartado.
Imagine que en la salvaje llanura, mientras se encuentra en búsqueda de su sustento diario (por lo habitual revestido en cálida piel y sonrisa colmilluda), observa en la lejanía a una persona, erguida por supuesto, que corretea tras una piedra circular que hace girar con un mínimo de esfuerzo, ¿con qué finalidad? Pudo ser recreativa o de transporte, incluso meramente estética, pero al usar esa básica herramienta, por arte de adjetivación esta persona se convierte en un homo sapiens, ¿cierto? Apuesto la parte cognitiva de mi cerebro que así es.
Situación similar ocurre con herramientas un poco más actuales. La utilización de una cámara fotográfica, ya sea profesional o incluida en un celular, te convierte automáticamente en fotógrafo/a; plasma un poco de pintura en un lienzo o muro y ya eres pintor/a; mueve con un poco de ritmo los pies y las caderas y de inmediato eres bailarían/a; etcétera. O un ejemplo más inmediato: con solo escribir estas líneas me convierto en columnista.
En resumen, y como escribió con puntería de arquero áureo el irrepetible Jorge Ibargüengoita, “el hábito sí hace al monje, de hecho, es lo único que lo hace” (léase su artículo “El hábito sí hace al monje”, en la recopilación ¿Olvida usted su equipaje?, que hasta donde me quedé no superaba los 200 pesos).

Peeero…

El conflicto de descalificar actividades ajenas afirmando que incumple detalles técnicos y habilidades intrínsecas en cualquier profesión radica, como se vio en la entrega anterior de esta sección, en una falta de adjetivos.
De nuevo tomaré como ejemplo la fotografía, puesto que ha sido una de las profesiones con críticas reiteradas que recién he observado, aunque replico que puede sustituirla por cualquier otra. Calificar a alguien que “solo toma fotos oportunistas” o “le pone su firma en marca de agua y ya se cree fotógrafo” es una salida simplona y un tanto incivilizada (hay que hacer valer nuestra condición como dominantes de la rueda, pues).
Lo más adecuado sería colocar, al observar un trabajo/muestra/obra, una larga y atinada cola de adjetivos para definirla, lo cual decanta en la construcción del arte. Así, al ver una foto, baile, pintura, demás, hacemos el apunte que es una labor espontánea, principiante, elemental, ingenua, fuera de foco, sin trabajar… lo cual demuestra por parte de nosotros un conocimiento más amplio sobre la materia (que es el punto de la crítica, ¿qué no?). Y entonces el homo habilis que radica en lo más profundo de nuestro pozo genético levanta orgulloso sus pulgares contrapuestos hacia nosotros, al mostrar el grado de civilización que alcanzamos.
Así que, mientras estamos en esa lucha de que si somos o no somos, si somos criticados o no, hagamos que la rueda siga andando, aunque rueda con mayor facilidad si todos cooperamos un poco a pulirla.

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