Este mes cumplo 27 años de ser madre, ahora de un joven con título de psicólogo, diplomados en computación, especialidad en psicología forense, aficionado del futbol americano y novio de Lucy. Un hombre que prefiere comer “vómito de perro” antes de aliarse a mis dietas, que es leal a su generación y por eso prefiere seguir viviendo en casa de su padre y madre. Un niño grandote que maúlla para demostrarme su cariño, que me regaña cuando sigo sin aprender cómo se bajan gratis los videos de Youtube y que se enorgullece si me acompaña a una conferencia a escuchar mis discursos feministas abnegados.

A veces tengo la certeza de que una gran complicidad nos une, sobre todo en esas mañanas que desayunamos juntos en algún restaurante y charlamos sin dejar de representar nuestros roles, yo preocupada por su futuro, él tolerante con mis manías, yo solidaria con su optimismo y él respetuoso con mi ritmo de vida.

Otras ocasiones sospecho que nos conocemos bien, pero que nos respetamos más. No entro a su recámara, siempre impecablemente arreglada. Nunca lavo su ropa, pero siempre le pregunto qué desea comer. Planeamos vacaciones y discutimos lugares, echamos un volado y siempre gano yo. Me encanta verlo con sus guantes rojos mientras trapea la casa o lava los trastes. Por supuesto, lloro estúpidamente si lo escucho que presume mis logros cuando llama a alguien por teléfono o llega a la casa su amigo-hermano Carlitos.

Aplica sin dificultad sus terapias conmigo si estoy estresada o el trabajo me agota. Bromea porque el estudio que decidí mandar a construir va en lenta adaptación y ahora lo llama la bodega. Me acompaña al taxi y revisa de pies a cabeza al chofer, mientras apunta las placas y me manda mensajes para confirmar que nada malo ha pasado donde quiera que esté: ¿Todo bien, madre?

Me encanta escuchar cuando está viendo algún partido con su padre y los dos gritan y brincan como locos porque su equipo favorito anotó. Los dos son mis machines más queridos y entre ellos son cómplices bienqueridos. Me conmueve sus caras de preocupación si me enfermo y me motiva sus rostros de orgullo cuando comentan algunos de mis textos. La alianza machina con su papá confirma las posibilidades de romper con torpezas patriarcales.

Hoy puedo disfrutar muchas tardes con él e interrumpirnos de cuarto a cuarto para ofrecernos un cafecito. Adoro que rompa mi inspiración al llenarme de besos y de abrazos y que mientras me acurruco en su corazón, yo le siga recitando a Salvador Novo:

“Pero si tengo un hijo
haré que nadie nunca le enseñe nada.

Quiero que sea tan perezoso y feliz
como a mí no me dejaron mis padres
ni a mis padres mis abuelos
ni a mis abuelos Dios”

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