A los siete años me envolvía en una nube de polvo y con verdadera alegría gritaba: “¡Arre Plata!” Forcé a mi padre a comprarme un traje de vaquerita y aunque mis tías me llamaban la Llanera Loquitaria, yo jugaba a salvar a mis muñecas secuestradas en un fuerte y me unía a los apaches para recuperar su territorio. Sin duda, desde entonces, estaba convencida de ser aliada de las buenas causas.

Y cuando cumplí 17 tapicé mi cuarto con carteles que guardaban la imagen del Che Guevara o las frases de Monseñor Romero. Empecé a leer la revista Fem, por culpa de mi profesora de ética, y debatí apasionada en su clase cuando me tocó hablar sobre el aborto y el derecho de las mujeres a decidir. Participé en mi primera marcha, claro, a escondidas de mi mamá, y recuerdo que con el puño en alto exigimos afuera de la dirección del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Sur que nos facilitaran autobuses para no caminar solas por las calles del Pedregal y bajar seguras hasta Insurgentes. Mi destino cómplice de la protesta justa quedaba tatuado en la palma de mi mano.

Fue así como bastaron 10 años más para que a los 27 ya escribiera en Fem y fuera reportera del suplemento Doble Jornada, aprendiendo tanto de Sara Lovera, mi madre académica. La certeza de ser feminista abnegada inspiró totalmente mi manera de escribir y de construir la realidad. Fue fascinante dar voz a tantas mujeres, escribir reportajes para denunciar su situación y narrar tantos momentos donde ellas siempre eran las protagonistas. Comprendí el significado de la solidaridad femenina y tuve la certeza de que era inevitable luchar por una utopía.

A los 37 ya era madre de un solo hijo, maestra de multitudes en la UNAM, alumna nerd del primer doctorado con orientación en comunicación en México, coleccionista de medias coloridas, dueña de un ganado de vacas de peluche, sirena que llenaba de cantos desafinados su pequeño departamento en la Unidad Villa Panamericana, donde siempre fui tan feliz.

Justo al cumplir los 47 parí mi primer libro, Nuestra memoria impresa. Aproximaciones a la historia del periodismo en Hidalgo, y la grata sensación fue tan provocadora y obsesiva que creo que ya llevo como 20 partos editoriales. Disfruto cuando presento esas obras escritas con el alma, cuando alguien se acerca a felicitarme porque le gusta como escribo o me piden un autógrafo que yo firmo ruborizada. Textos donde siempre me reencuentro, me critico y me acepto, me descubro y me invento.

Y ahora, en este 15 de abril, ya cumplí 57 años, que celebro con todo lo que he ganado como mujer y sirena, como feminista y madre, como amante y amorosa. Celebro juntos a los hombres que amo y me aman, palpo la sororidad de las mujeres que siguen en mi vida, adopto a cada alumno y alumna que iluminan mi vida, sin dejar de vivir aventuras, y ahora descubro que puedo escribir cuentos y hasta me llaman escritora. Sigo segura de que mi destino ha sido siempre ser periodista y por eso cada miércoles escribo en esta columna, aliándome con las bellas y airosas, segura de que el estado de Hidalgo es mi lugar favorito y que la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo es mi hogar. Abril, el mes en que nací… Y ya son 57.

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