Me enteré que ya no hay quién sostenga el planeta sobre sus hombros, como solíamos pensar. Lo sé porque ayer, el hombre que lo hacía, en lugar de sostener el mundo, sostenía una charla conmigo en el bar Realejo.

–Perdón–, le dije,– pero no puedo evitar pensar que usted me está tomando el pelo.
–¿Y qué gano yo con tomarle el pelo? A últimas, no tengo ninguna necesidad de que me crea–, respondió sin mirarme mientras mecía el residuo de vino gris que se alojaba en el fondo de su copa.

–Tiene razón–, atiné para reivindicarme,– entienda que una afirmación como la que acaba de hacer no es sencilla para digerir y, verá, esa parte del cerebro donde se aloja la glándula de la incredulidad no deja de trabajar en mi torre de control, es un defecto de fábrica señor, no es contra usted.

–Descuide–, replicó ahora sí mirándome,– es que ya agoté todas mis reservas de paciencia para esforzarme en que la gente no me vea como un charlatán. El último barril lo gasté con el bribón que me rompió esa silla en la espalda, porque le dije justo lo que está poniendo en apuros a su glándula de la incredulidad.

–Yo no veo en usted a un charlatán–, le hice ver.

–Supongo entonces que puede acompañarme con otra copa, no hay tan buenos tragos por aquí, pero el vino gris de la casa es una auténtica excepción–, recomendó.

Antes de que pudiera decir sí, el mozo del Realejo ya había renovado su copa y puesto una más frente a mis manos.

–Y si usted no sirve ya como base del mundo, ¿quién se queda a cargo?
–Nadie lo hace–, respondió con una sonrisa que inmediatamente tomó un matiz de burla ante mi inocultable estado de alerta.

–¿Lo dice así de tranquilo?

–¿Y cómo no voy a estarlo? Imagínese, después de más de 4 mil 500 miles de millones de años, ¿usted no estaría sereno de tomar un respiro?

–¿Así que es eso? ¿Un respiro? Quiere decir que volverá, ¿verdad?

–No señor, no pienso volver– y dio un hondo trago, como con un aire de liberación.

–¿Cómo entonces no estamos cayendo?–, insistí en mi cuestionario.

–¿Y usted cómo puede estar tan seguro de eso?–, me dijo plantándome la intriga con su ceño fruncido.

–Es que generalmente cuando uno cae, el desequilibrio se siente, el colapso es inminente, hay crisis…

–Bueno, respóndame usted, ¿siente que su mundo está equilibrado? ¿No le parece que la vida está al borde del colapso? ¿Considera que las sociedades están exentas de alguna condición crítica? ¿Qué le dice ahora su glándula de la incredulidad?

Aquel hombre me dejó sin palabras. Mientras más me hablaba, más dudas emanaban de mi cabeza en una proporción exponencial que fui incapaz de administrar, al grado que no pude enunciar ninguna pregunta más. Pudo ser el efecto del vino gris, no lo sé, pero en ese instante asumí un nivel de conciencia que me llevó a experimentar la sensación de caer y no terminar de hacerlo.

Después de librar mi exabrupto, el exsujetador del mundo me ofreció disculpas.

–No quise hacerle sentir mal, pero estoy cansado, ya no tengo la energía para soportar este peso, además, ya no creo que sea necesario.

–¡¿Que no es necesario?!–, retomé la conversación no menos precipitado.

–A ver, deténgase a pensar con frialdad. Si usted viviera sujetado desde lo más alto y de un momento a otro lo soltaran, aquí, en su realidad palpable, en su condición esclava a la gravedad, tiene la muerte garantizada. Por otro lado, yo no sujetaba a la Tierra desde lo alto, solo la sujetaba, en medio de este Universo que, usted bien sabe, tiene todo menos un arriba o un abajo. Y si lo llegara a tener, vamos, le sugiero que me acompañe a beber otra copa de vino gris.

@lejandroGALINDO

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