Yo la vi caminando cerca del río, abajo de la cascada. Uno jamás piensa que ese día es el último en que ve a alguien. Recuerdo su vestido rojo. Caminó, como lo hacía cada mañana, me levantó la mano, siguió derecho y el Sol todavía no estaba tan alto. Uno no piensa nunca en ser el último en ver a alguien, en grabarse la imagen en la mente, en describir cada segundo como si fuera esto importante. Yo la saludé con la mano extendida y dije “buenos”, como le digo a todos los que toman ese camino del río, a veces me limpio la frente y luego me recargo en la barda. Pero no hago más nada, porque uno siempre cree que existe el día de mañana para hacer algo distinto o hacer lo mismo que ayer o anteayer. Pasó frente a mí, y esa fue la última vez que un ser vivo la vio siendo ella todavía niña, la última vez que alguien dijo su nombre, o pensó su nombre, con ella ahí enfrente siendo ésa.
Se la llevaron los chaneques, ella está perdida en el bosque, no sabe cómo volver y un día va a regresar así, sin decir palabra y con los ojos perdidos. Eso cree mi suegra, una vieja sin dientes que les cuenta mentiras a los turistas del pueblo, le gusta abrir la boca y enseñar las encías mientras les dice que a veces parecen niños y luego ancianos pequeños: “como yo, sin dientes, pero chiquititos” y pone la mano a unos centímetros del piso para enseñar el tamaño. La vieja siempre salía al bosque usando la blusa al revés, decía que de muy joven se llevó a su amiga un chaneque, que volvió sin mirada, silenciosa, que nunca más les respondió de nuevo, que se quedó sentada en la silla, hasta que una tarde se levantó y se fue al río, ahí amaneció ahogada. Porque vio lo negro que había en ella, lo oscuro que la habitaba, tanto que no quedan palabras para explicarlo y sus ojos solo ven la boca de un barranco, negro y tan profundo que si lanzas una piedra no hay forma de escuchar su sonido. Así mi suegra cuenta a los turistas que se acercan y le dan monedas a cambio de historias.
Las señoras, mi señora, dicen que se fue con un muchacho del risco, que seguro ella, fácil, joven, con el calor en su cuerpo y cansada de cuidar a sus hermanos, se encontró con el joven en el bosque y se fueron lejos, a la ciudad, que seguro volverá un día con los zapatos que pican la tierra y los peinados que espantan las aves. Volverá cuando el hombre la deje porque fácil llegó. Cuando ya tenga los chamacos colgados de los brazos rechazando lo que ven: el bosque, el río, la cosecha.
Yo fui el último en verla, su madre venía aquí para preguntarnos por ella, para decirnos que no estaba, que no creía en los chaneques, que no necesitaba irse sin avisar con alguien del risco.
Yo fui el último en verla y eso le dije al policía que vino primero y luego al otro y luego al otro y así les dije cada año mientras venían a preguntarme por ella. Siempre el bosque, el río, yo limpiándome la frente cuando la vi pasar.
Después vinieron otros a preguntar, a enseñarnos un retrato en papel de cómo se ve hoy, y entonces crece en el papel, le salen arrugas, le cambia la cara, le crece el cabello. Su madre se queda el retrato que le dan donde viene su nombre y la ropa que usaba el día que yo la vi, antes de que los chaneques se la llevaran lejos.
Un día, la vieron, estaba en la ciudad, sin hijos, sin marido, pero sí con zapatos tan altos como dos bloques de piedra, y su vestido no era el rojo, de las mangas cortas y las flores azules, y su pelo no era largo. Veía para dentro de sí, como si estuviera perdida entre la oscuridad, como si lo que vio no pudiera decirse con palabras. Es tan terrible como haberse caído a la boca de un barranco, como si nadie escuchara cuando termina alguien de caer, así de profundo.
Y entonces la vimos, todos la vimos, era ella, más vieja que en los retratos, cansada y con el cuerpo chupado. Su madre la cobijó, la sentó en su casa y no deja que nadie la vea, porque dice que un día, podrá volverle al cuerpo su alma, un día que entienda que ya volvió a su hogar.

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