Cuando yo era niño, mi abuelita solía contarme historias de todo tipo: cuentos que después supe que eran clásicos de la literatura universal como Las mil y una noches o El príncipe feliz, también me contaba leyendas del pueblo donde ella había nacido y como en todo hogar católico, pasajes de La Biblia.

Ella nació en algún lugar de la Sierra huasteca al norte del estado de Veracruz. Para ser más exactos, la comunidad de Platón Sánchez, en el año 1926. No sé en qué estrato social ubicarla por que no era de ningún grupo indígena ni era parte de la familia acaudalada. Lo que sí sé, es que tuvo la oportunidad de aprender a leer y escribir en la primaria local, algo inusual en esa época, e inclusive fue por un tiempo la maestra de la escuela. Sabia un par de frases en náhuatl aunque no hablaba ése “idioma mexicano” como así lo llamaba. ¿Cómo se dice “dos” en mexicano? La respuesta era “ome”.

Me contaba mi abuela que, allá donde ella había vivido, aquella comunidad rural de la Sierra norte de Veracruz, la gente creía que en el bosque, vivían unos pequeños seres, de apenas 70 o 100 centímetros de altura, de aspecto humanoide infantilesco y muy escurridizos, con la capacidad de hacerse invisibles si alguien intentaba atraparlos, que solían hacer bromas a los leñadores y granjeros. Sí, me refiero a los chaneques (o chanekes, según quieran darle un toque especial a la palabra).

Como todo mexicano que tenga o haya tenido abuelos oriundos de las Sierras de este país, muchas historias he oído de ellos, cosas buenas, como que les han dado tesoros a las personas buenas que han cuidado a animales salvajes heridos. También he escuchado cosas malas como que raptan niños y que han logrado extraviar a viajeros avaros que buscaban minas de oro para explotarlas sin importarles el daño que pudieran causar. También leí alguna vez que los chanekes ayudaban a Tláloc para esparcir la lluvia que guarda en enormes cántaros en las nubes, es por ello que, cuando un trueno se escucha, es porque uno de esos cántaros se cae por las travesuras de los chanekes. Todo eso he oído.

La mayoría de las personas cuentan que los chanekes les han asustado con sus travesuras, pero en general los consideran inofensivos y nadie sabe exactamente como son ni cuál es su misión en esta vida, hay leyendas que suponen que son entes que se quedaron varados en la Tierra, al no decidir si querían servir a Dios o al diablo. En fin, son criaturas de la mitología mexicana, asociadas al inframundo, cuya principal actividad es cuidar a los montes y animales silvestres. Seres elementales de la naturaleza, de la familia de los duendes, nuestros duendes mexicanos, tal vez.

Cuando muera, quiero ser un chaneke, vivir eternamente en el bosque, cuidando sus plantas y animales, haciendo extraviar a aquellos humanos que se adentran en ellos en busca de presas para cazar o árboles para talar. Quiero ser un espíritu guardián. Quiero ser uno de esos entes invisibles que no sirve a Dios ni al diablo, solo a la naturaleza, ser un chaneke.

Es por ello que he decidido convertirme en vida en aquel espíritu chocarrero que taladrará tu cerebro con ideas ambientalistas, te demenciaría o robaría tu alma si fuese necesario para que conserves el mundo que te rodea. No soy blanco ni negro, bueno ni malo. Soy verde.

En el mundo real, soy una persona más de esta sociedad, diminuto, invisible y tan insignificante como los demás, con un trabajo y una familia que mantener, sin el poder social de una persona famosa, sin el poder económico de un magnate ni la influencia que tendría algún político. Jamás me verás en televisión ni en campaña electoral. Solo soy alguien que ha elegido este pseudónimo, para que cuando me leas, atiendas a la idea y no a mi persona o imagen; quien sabe, tal vez también quieras ser un chaneke verde.

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