Hace una semana, en unas cuantas horas se viralizó el hashtag #MeTooEscritoresMexicanos; mujeres levantaron la voz y denunciaron la violencia que vivieron en algún momento a manos de parejas, jefes, compañeros de trabajo o amigos. Múltiples historias de autores conocidos o desconocidos, algunas denuncias anónimas, otras con nombres y apellidos. Yo me sumé por una historia que sucedió hace muchos años y que, en su momento, decidí no denunciar por las mimas causas que muchas mujeres no lo hacen: 1) siempre piensas en la impartición de justicia mexicana, en donde las evidencias “no tan graves, no tan visibles o no tan importantes para los peritos” quedan descartadas, si no llegas con golpes lo suficientemente palpables, entonces no existe un delito; 2) pensando que superas el trance de denunciar, el resto de las personas te hará padecer un momento largo y tortuoso de repetir los hechos, piensas en todas las mentiras que el agresor dirá, en los chismes que se generarán y, al final, siempre te vas a cuestionar, para qué lo hice; 3) porque parece que las mujeres siempre exageramos, que nada es tan grave como lo decimos, ni tan importante como lo creemos.

4) Porque los trapos sucios se lavan en casa, esa educación discreta parece la única que pudiera ser virtuosa para una mujer. 5) todos tienen una opinión, que en muchos casos se reduce a: seguro se lo merecían.

El #MeToo en realidad no se trata de victimizar y revictimizar un hecho doloroso, de buscar compasión, de usarlo como plataforma de despecho. Va mucho más allá, no importa por qué no se denunció y por largo tiempo se dejan esas historias en pláticas con amigos.

Lo importante es que, en este momento, se decide trascender el ámbito íntimo para mostrar esos eventos en la esfera pública.

Ya no basta con contar tu historia y esperar a que la mujer que sigue tome nota y esté atenta.

Lo importante es que no sigamos diciendo que “por algo pasó”. Ese “algo” no puede seguir sucediendo. Ya no es suficiente pensar que el acto de violencia final, en realidad es resultado de muchos pequeños actos individuales que van abonando a que la olla de presión estalle. La violencia es silenciosa, crece entre palabras o acciones mínimas y cuando estás inmersa en ella, te dices que no es tan malo.

Hoy en día existen muchos artículos de “voces válidas” que opinan sobre ese hecho. He leído notas que dan esperanza ante el desmantelamiento del silencio arraigado, reflexiones tremendamente lúcidas sobre la importancia de asumir el feminismo y acompañar a las otras mujeres, unirse y no callar. También he escuchado a comunicadores patéticos, quienes afirman que “seguramente las mujeres alzan la voz por el celo profesional”, o mejor aún “no hay que creer todo porque de seguro hay muchas que solo quieren perjudicar”. Tras esas y otras frases parecidas, solo es posible decirles: no han entendido nada.

Lo que tenemos que pensar es por qué el silencio se torna un denominador común, por qué ante la violencia lo elegimos. Y entonces, después de esas preguntas, tal vez podamos comenzar a construir una nueva forma de relacionarnos.

En mi caso, hace cuatro años, también por un hashtag, me di cuenta que yo no había sido la única en haber vivido violencia por parte de Elman Trevizo, otra de sus exnovias había subido su historia que, además de violencia, hablaba de plagio. Aquella vez no dije nada, porque de pronto abruma pensar en hablar de algo que ya pasó, que tampoco importa mucho, eso crees, que en realidad a nadie le importa. Con el paso de los años, me animé porque sí importa, sigue importando. No siempre existen pruebas archivadas para que cuando los “hombres defensores” te acusen de difamación y te las exijan, las puedas mostrar para validar tu palabra. Importa hablar porque alguien más puede escuchar. Me sorprendió la rapidez con la que mi mensaje en Twitter se esparció, incluso la exnovia de ese sujeto, que estuvo después de mí, también habló. Ninguna de nosotros es una mujer envidiosa por el éxito ajeno, por el contrario, cada quien en su propia escena tiene suficiente trayectoria y solidez.

Ninguna de nosotras necesita inventarse cuentas de redes sociales falsas para autorecomendar su obra y vender libros. Ninguna necesita hablar de esa expareja para conseguir trabajos o relaciones, sin embargo, él sí. Las tres, de una u otra manera, sentimos que debimos haber hablado para prevenir a la siguiente, como si incluso la violencia de la mujer que siguió o seguirá fuera nuestra responsabilidad. No, no es culpa de ninguna mujer, la sistemática violencia que se vio en muchas historias durante ese fin de semana, es responsabilidad del hombre.

El #MeToo no busca mostrar a mujeres débiles y víctimas, no le interesa que los otros crean o descalifiquen las acusaciones, no, no va por ahí. Muestra que ninguna mujer está sola en su historia, que veas con atención las señales, cada quien puede decidir creer o no, sentirse la que “salvará” al hombre de esa violencia, como si fuera un alcohólico redimido.

Los 12 pasos nos han enseñado que nadie puede superar un problema hasta que lo reconozca sin justificaciones ni melodramas.

Gracias a las acciones como el #MeToo, los hombres tal vez entiendan que la violencia ya no está normalizada, no hay justificación válida. Aunque en algunos ámbitos como los periodísticos, esas acusaciones trajeron sanciones claras como despidos, en el ámbito de la literatura resultados así de visibles serán menos comunes, pero, no por eso se debe dejar de hacer.

No se busca un linchamiento mediático, se busca que las mujeres que siguen, puedan atreverse a hablar, que las leyes puedan adaptarse a esos hechos íntimos que no necesariamente muestran golpes contundentes. Sin duda, eso trae consigo grandes retos, la voz de la mujer debe contar y esa fuerza tiene grandes responsabilidades que apelan a la verdad, no se busca denunciar al hombre por ser hombre, sino crear antecedentes. Todas esas narraciones no son únicamente un melodrama repetido por cada retuit, son testimonios del silencio que se asume de manera voluntaria.

El silencio no puede ser una alternativa. Nunca. De ninguna manera.

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