Conocer y disfrutar el acueducto del Padre Tembleque en Otumba y Zempoala, declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO el 5 de julio de 2015, es adentrarse a una de las obras más importantes de ingeniería hidráulica colonial. El tema ha sido abordado por historiadores, arqueólogos, arquitectos, artistas, fotógrafos entre otros, quienes han aportado en diversas épocas basta información, desde la necesidad de construirlo para resolver el problema del agua en esas comarcas hasta expresión arquitectónica con más de 447 años de antigüedad.

Los investigadores de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) Carmen y Antonio Lorenzo Monterrubio, del área académica de artes visuales del Instituto de Artes (IA), en 2018 bajo el sello editorial de la máxima casa de estudios de la entidad publicaron el libro Zempoala y su acueducto, edición que contiene 28 ilustraciones de la artista Adalid Villegas Gómez, que hacen amena e ilustrativa la lectura.

Los autores narran en el desarrollo de su libro la historia de José Tecpatl, un joven nacido en Zempoala que en 1535 a sus 20 años había desarrollado la habilidad de labrar la piedra, era conocido en la región por ser un lapidario, oficio que aprendió desde muy pequeño, el tallado de la cantera que imponía a sus obras propiciaron que fuera contratado para la construcción del acueducto de Zempoala.

El texto describe la vida cotidiana y tradiciones de la región que hoy conocemos como Zempoala, así como de los primeros tributos que tenían que enviar la población a los reinos de Texcoco y posteriormente los que debían de enviar a Tlaxcoapan y Tenochtitlán, los cuales constaban de maíz, frijol, ropa, trajes para guerreros, escudos y mantas tejidas.

Los investigadores Carmen y Antonio Lorenzo Monterrubio describen el obligado cambio de vida y costumbres que tuvieron los indígenas a la llegada de los “hombres blancos” y la crueldad de la conquista que trajo consigo muchas muertes. Nuestro personaje Tecpatl cuenta cómo pueblos desaparecieron por la guerra o por nuevas enfermedades que llegaron con los españoles.

Los autores describen cómo los españoles impusieron excesivos tributos a los indígenas, además de que los obligarlos a trabajar la tierra de los nuevos conquistadores. En Zempoala, el primer encomendadero fue Juan Pérez de la Gama y renunció a sus derechos a favor del licenciado de Rodrigo de Sandoval.

A principios del siglo XVI, Zempoala era un pueblo pequeño con abundante agua de manantiales provenientes del cerro de Tecajete, que permitía que cada familia cultivara su propia milpa. Zempoala tenía, como la mayoría de los pueblos indígenas en México, un tianguis que se instalaba cada 20 días y era el más importante y grande de la región, ahí se podían vender y comprar prácticamente de todo: mantas de algodón, ixtle, animales, amates para pintar códices, entre otros artículos.

El relato que contiene el libro continúa describiendo que a unos meses después de la llegada de los españoles a Zempoala, el fraile Francisco de Templeque, originario del pueblo de Tembleque, provincia de Toledo, España, profeso del monasterio de San Francisco en Otumba, reunió a las autoridades españolas y a los indios para tratar de solucionar el problema del agua del pueblo de Otumba, el cual se ubica en el Camino Real y es paso obligado a México y Veracruz. El desbastó de agua en Otumba se debía a la contaminación del agua por el paso de los bueyes y las vacas de los viajeros por ese camino, así que los habitantes de Otumba tenían que recorrer dos leguas para llegar al pueblo San Juan porque la gente de Texcoco y Tepeapulco se negaron a venderles agua.
Para la construcción del acueducto el pueblo de Otumba ofreció a Zempoala pagar por el agua 20 pesos de oro común por cada año. El libro relata brevemente la hazaña de los indígenas que participaron en la construcción del acueducto de Zempoala, entre 1555 a 1572 en pleno desarrollo del virreinato de la Nueva España.

La finalidad de la construcción de ese acueducto fue dotar de agua a las poblaciones de la región. Señalan los autores que gracias a las técnicas antiguas que se emplearon para su construcción lograron conducir el líquido por los canales subterráneos y el levantamiento de las imponentes arquerías que siguen formando parte del paisaje de esa región de Hidalgo.

En el libro Zempoala y su acueducto los autores comentan que las autoridades de la Nueva España se encontraban incrédulos del proyecto de tan majestuosa obra, también dialogan cómo el fraile Templeque solicita al virrey liberara al pueblo de Otumba de pagar el tributo de 2 mil 500 pesos de tepuzque, que cada año tenían que pagar para poder contar con recursos y labradores para la obra. Así fue como se iniciaron los trabajos de construcción desde los manantiales del cerro de Tecajete a Otumba.

El trabajo diario de 300 a 400 artesanos, albañiles, cantereros y lapidarios indígenas, la mayoría nahuas originarios de Otumba y todos ellos expertos en su oficio, lograron elaborar el apatle o canal de agua que algunas veces iba abajo del terreno y otras sobresalía en las arquerías. La arquería principal se encuentra entre Santa Inés y Tepeyahualco, apuntan los autores Carmen y Antonio Lorenzo Monterrubio que entre cada arco se edificaron muros de adobe para hacer la cimbra y construir los arcos mayores, ese tramo se tardó cinco años en terminarse.
La construcción del acueducto duró 17 años y tiene una extensión de casi 45 kilómetros, con un costo total de 20 mil pesos, dinero que fue pagado por el pueblo de Otumba para hacer realidad el sueño de tener agua.

En los arcos del acueducto se localizan glifos que indican la visión de los indígenas del mundo. Un ejemplo son los de la arquería de Tepeyahualco, donde todos miran hacia el poniente, que representa la casa, lo femenino y la pureza por lo que explica porque son color blanco y están pintados por cal.
Estos próximos días de asueto serán propicios para conocer y descubrir la majestuosidad de las obras civiles que construyeron nuestros antepasados y que hoy forman parte del patrimonio de México y en algunos casos del patrimonio mundial que reconoce la UNESCO.

Ese libro puede consultarse en las bibliotecas de la UAEH y adquirirse en la librería Carácter en el Pabellón Universitario de la Ciudad del Conocimiento.

El ejercicio de la autonomía universitaria se proyecta también en investigaciones artísticas, que por su pertinencia son editados y difundidos por la casa máxima de estudios del estado.
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